YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

sábado, 25 de octubre de 2008

Dies Domini 26-10-08


XXX Domingo del Tiempo ordinario
Evangelio
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús, y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba:«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»Él dijo:«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas». Mateo 22, 34-40
Comentario
El cristianismo es la religión del amor, del amor sin límites, del amor hasta el extremo, del amor incluso a los enemigos. No hay cosa igual en el mundo de las religiones. Ni siquiera en el mundo judío, que tiene como ley fundamental el Decálogo del Sinaí. En la Antigua Alianza, sellada por Dios con nuestros padres, Dios manda al hombre amar: Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, pero al mismo tiempo se admite que no se ame a los enemigos. Jesucristo, sin embargo, ha llevado el mandamiento del amor a su pleno cumplimiento. Él ha amado hasta el extremo, ha amado sin medida. Y nos manda amar a nosotros, sus discípulos.Pero, ¿se puede mandar el amor?, se pregunta Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est. Sí, el amor puede ser un imperativo divino, porque Dios nos da la capacidad de amar, haciéndonos parecidos a Él. El mandamiento, por tanto, no es un imperativo externo o coactivo, sino la expresión de una capacidad que Dios ha puesto en nuestro corazón y que, cuando se ejercita, hace al hombre feliz. El hombre está hecho para amar, no puede vivir sin amor, «su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Juan Pablo II, encíclica Redemptoris hominis). Cuando Dios nos manda amar, nos está diciendo cuál es la capacidad del hombre, su vocación más profunda, la meta a la que debe aspirar continuamente.Este amor tiene un solo origen, Dios, que es amor. Y se bifurca en doble dirección: amor a Dios y amor al prójimo, pero brotando del mismo corazón. Jesucristo revalida en su Evangelio los mandamientos de la Antigua Alianza, haciendo consistir la Ley entera y los profetas precisamente en el mandamiento del amor, que Él ha llevado a plenitud. Al mandamiento principal y primero, el del amor a Dios, se une el segundo que es semejante a él, el del amor al prójimo. Es imposible amar, como ha amado Jesús, si ese amor no brota de Dios. Y si no amas a tu prójimo a quien ves, es mentira que ames a Dios a quien no ves. La autenticidad del amor a Dios se verifica continuamente en el amor al prójimo en sus múltiples necesidades, espirituales y corporales. Demetrio Fernández, Obispo de Tarazona.
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