YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.
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lunes, 24 de noviembre de 2014

Primitivo y Tomás Collantes, bodegueros montañeses en Chiclana




La historia de la bodega Primitivo Collantes S.A. se remonta al siglo XIX, con la llegada de los hermanos Primitivo y Tomás Collantes a Chiclana de la Frontera, procedentes del Valle de Iguña, en Santander. A los pocos años adquieren una pieza de bodega en la calle Ancha, nº 51 de esta población, actualmente su sede social. Esta bodega es conocida popularmente como "Bodega El Gallo".

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sábado, 1 de noviembre de 2014

En medio de todo aquello, conocedor de hasta el último producto, está el montañés; con un lápiz en la oreja, con ganas de ganar dinero, pero sobre todo con ganas de trabajar y con toda la paciencia del mundo…




http://chiclanareciente.blogspot.com.es/

Muchos montañeses, sobre todo habitantes de pequeñísimas poblaciones encajadas en los altos valles cántabros, con poco porvenir en sus tierras divididas en pequeñísimas parcelas ya ocupadas, venían a Cádiz. Soñaban con América, y muchos de ellos se conformaron con hacer las américas en tierras andaluzas. Otros, de regreso del otro continente, se instalaban junto a nosotros entendiendo que tenían más porvenir en nuestra tierra que en la montaña.
Los montañeses fueron monopolizando el comercio de comestibles y bebidas, montando tabernas y almacenes de ultramarinos. Su modo de implantación, su manera de crecer y prosperar, solía seguir un patrón:
Cuando a un montañés le iba bien en su negocio, y necesitaba ayuda, escribía a su pueblo y se traía a alguien de la familia. El Chicuco comenzaba en la tienda como ayudante. Vivía en la tienda, comía y dormía en la tienda. Los establecimientos solo se cerraban para dormir, y los domingos por la tarde. Trabajaban como chinos.
Con el tiempo, con los años, el chicuco iba progresando y se convertía en encargado. Después, podía ocurrir, que el dueño, el montañés principal, le cediera la tienda o montara otra tienda a medias. Un socio capitalista y un socio trabajador, al cincuenta por ciento de beneficios.
Una vez que al segundo montañés le iba bien, y necesitaba ayuda, volvía a escribir y a pedir que viniera algún familiar o vecino de su aldea, que comenzaba de nuevo de chicuco, como un círculo sin fin. De este modo, los montañeses se instalaron junto a nosotros generación a generación. Es difícil entender algunos aspectos de nuestra historia reciente sin tener en cuenta a los chiclaneros de Cantabria.
Centrémonos en la Chiclana de los sesenta y setenta. En los comercios de Luis Marcos Campuzado, o de de Santos Díaz Sieza. Ambos viven todavía. Imaginemos una tienda de ultramarinos de entonces…
El mostrador de madera, con infinitas huellas y arañazos de monedas, de latas y de cajas que se han arrastrado por encima. El género bien ordenado en estanterías antiguas, sacos de arpillera y grandes latas de pimiento molido, con el dibujo de una flamenca desgastado. Carne membrillo, chocolates, detergentes… un bidón lleno de aceite y una maquinilla capaz de bombear la cantidad justa, a cada vuelta de la manivela. sobre el mostrador unas cajas de mariposas de la marca Virgen de la Milagrosa, unas tiras de papel pegajoso que se utilizan para atrapar moscas, y unas latas destapadas llenas de polvos de colores, con un cazo medio hundido que se utilizaba para servirla. A la derecha el bicarbonato, la sosa y el añil. A la izquierda Achicoria y Malta, para rebujarlo con el café que están en una lata tapada justo al lado.
Casi en el centro del mostrador la báscula de doble platillo, de cobre, muy desgastados y golpeados; con sus pesas respectivas. Hoy son las pesas buenas. Se ha corrido el rumor de que viene el inspector de pesas y medidas. Las de kilo que pesan novecientos cincuenta gramos están guardadas. No habrá problemas. El funcionario inspector de pesas y medidas también es representante de una casa de pimentón. Le vamos a pedir dos sacos de cincuenta quilos.
En medio de todo aquello, conocedor de hasta el último producto, está el montañés; con un lápiz en la oreja, con ganas de ganar dinero, pero sobre todo con ganas de trabajar y con toda la paciencia del mundo… Sabe mirar por el céntimo, sabe cuántos cerillos o mariposas hay en cada caja. Quizás llene una caja vacía cogiendo una mariposa de cada una de las cajas llenas…
En el centro del mostrador, por dentro, hay dos cajones. Uno es la caja, de la que entran y salen las monedas contadas. Lo billetes, al bolsillo. En el otro cajón hay una libreta. La libreta de los fiaos…
En Chiclana era habitual que en una tienda fiaran a una familia durante todo un año, a la espera de la cosecha de la uva. Cuando se cobraba la uva, se saldaba la cuenta… si la cosecha era buena; si no, se dejaba parte para el año siguiente. El abuelo de mi mujer, cuando cobraba la uva y liquidaba con el montañés, una vez al año, compraba una lata pequeña de carne de membrillo. Aquello era toda una fiesta. Todavía habrá alguna lata por ahí, quizás en un cajón, quizás llena de fotografías.
Montar una tienda a medias con otro, dar fiao a su clientela durante todo un año, y llevar ordenada y honradamente las cuentas en la libreta, definen a mi juicio, una personalidad y una manera de ser. La honradez y la enorme capacidad y constancia en el trabajo, definen a nuestros montañeses. Ellos nos trajeron de la montaña su carácter severo y constante, su tenacidad y su paciencia. 
Varias generaciones después, los hijos y nietos de estos primeros montañeses, Calixto, Manolo, Luis, Ana María… pueden seguir presumiendo de su carácter y de sus orígenes, un carácter algo diferente quizás, pero recto y trabajador. Como buenos montañeses.
Ellos siguen haciéndonos mejores, como lo hicieron sus antepasados.

lunes, 20 de octubre de 2014

LOS JÁNDALOS. Emigrantes cántabros en Andalucía.

Tomado de http://www.gentedelpuerto.com/

EMIGRANTES SUR A NORTE/NORTE SUR.
En estos momentos, cada día observamos escenas dramáticas de emigrantes en sentido Sur a Norte, tratando de escapar de las miserias del continente africano. Hace unos cuantos años, en la mitad del Siglo XX, fue desde nuestro país al centro de Europa, y en el Siglo XVIII-XIX y principios del XX, fue en sentido contrario, donde las gente del Norte de nuestro país, buscaban fortuna en América o en Andalucía. Es muy frecuente “el trasvase” de ciudadanos de una provincia vecina a otras “con mayor movimiento”, por poner dos ejemplos, los sorianos a Zaragoza o los ciudadanos de Cuenca a Valencia, pero al otro extremo de la península, como son los cántabros, entonces llamados montañeses, a Cádiz y Sevilla, es algo distinto y especial, que en mi criterio se merece una explicación.


HISTORIA.
Si se mira en el diccionario de la RAE: Jándalo. 2. m. Cantb. Persona que ha emigrado a Andalucía y regresa a su tierra.


El diccionario de la Real Academia Española recoge que el jándalo es todo aquel que emigra a Andalucía desde otras regiones y vuelve a su tierra con la pronunciación y los hábitos de los andaluces. Dicho término deriva de la aspiración de la A de Andalucía y lo portan cántabros que se marcharon a Cádiz o Sevilla, a buscarse un futuro mejor
Ya el fenómeno migratorio comenzó a raíz de la Reconquista [El Puerto de Santa María fue repoblado, entre otros, por cántabros, tras otorgarle Alfonso X ‘el Sabio’ la Carta Puebla], que tuvo sus cifras más relevantes en el siglo XIX, del que hay numerosos testimonios y del que aún quedan protagonistas en primera persona y, sobre todo muchos descendientes.





A la izquierda, portada de Ultramarinos La Giralda, en la década de 1940 del siglo pasado. /Foto: Colección Vicente González Lechuga.


La conquista de América convirtió a ciudades como Sevilla y Cádiz en la puerta al Nuevo Continente, en un foco de riqueza emergente, de comercio y de transacciones de todo tipo. El Norte de la Península por contra, padecía una crisis de subsistencia global, sobre todo en el medio rural. No había salidas y sus gentes no tenían nada que perder lanzándose al éxodo.


En el destino, en Andalucía, se necesitaba mano de obra y los inmigrantes del norte eran bien valorados. Al principio “iban analfabetos”, luego les avisaban que era necesario que supiesen leer, escribir y de números. Ganaron peso entonces las Escuelas de Comercio y la emigración empezó a ser más estructural. No fue hasta mitad del siglo XIX cuando surgió el término “jándalo”, una acepción fonética que identifica al montañés “andaluz” y que imita la forma de pronunciar la palabra por los nativos de esa zona.


Ultramarinos La Argentina, en una imagen de 1910.

EFECTO LLAMADA.
A finales del siglo XVIII, y a raíz del éxito social y económico de algunos emigrantes, se produjo un “efecto llamada”. Los que habían triunfado eran un ejemplo a imitar y estos a su vez, preferían a una persona de su pueblo para el servicio doméstico, por ejemplo. Se formaron “cadenas”, unos propiciaban la llegada de otros conocidos o familiares, al tiempo que se afianzaba la especialización comercial de los montañeses. Por un lado, al frente de tiendas de ultramarinos; por otro, en las denominadas “tiendas de montañés”, que eran lo que entendemos como bodegas-bares.

Hay pueblos enteros de jándalos, como Ruiseñada, en las proximidades de Comillas… Y como Ruiloba… Los jándalos han impreso su carácter en estos pueblos. Viene luego la gran región formada por los Valles de Val de San Vicente, Valdáliga (la Giralda en El Puerto) de Caviedes, Cabuérniga y Reocín, verdadera cuna del vandalismo. La zona de Toranzo (La Flor de Toranzo en Sevilla, Casa Manteca en Cádiz, que proviene de Selaya, zona cercana) es otro enclave del jandalismo.

Algo que los jándalos desarrollaron los siglos XIX y XX fue la conciencia de grupo, hasta el punto de convertirse en sus respectivas zonas en grupos de presión influyentes, incluso a nivel político. «Estaban bien organizados, en gremios o hermandades. Con la creación de los partidos políticos en el siglo XIX”, estos buscaron su apoyo, lo que se plasmó en que numerosos montañeses promocionasen al cargo de concejal o de alcalde. Llegaron incluso a tener mayorías y la reminiscencia de aquella situación es la alcaldesa de Cádiz desde 1995, Teófila Martínez. /En la imagen de la izquierda, Santiago Cobo y Teófila Martínez, en una de las pocas imágenes públicas de ambos.

De hecho, el portuense grupo hotelero ‘Los Jándalos’ que administra el santanderino Santiago Cobo –esposo de la también cántabra Teófila Martínez, alcaldesa de Cádiz y ex concejala de El Puerto–, es un homenaje a los hombres de su patria chica que han emigrado a estas tierras, también conocidos en El Puerto como montañeses y que, en la actualidad, conforman una importante colonia desde el repoblamiento de Alfonso X ‘El Sabio’.

Alfonso Ruiz Fernández, en la trastienda de Ultramarinos la Giralda. /Foto: El Arriate.

LOS CHICUCOS, LOS CHINOS DE HACE 100 AÑOS.
Hace unas semanas, Alfonso de La Giralda en El Puerto de Santa María, me dijo: “–Nuestros antepasados eran los chinos de ahora”.

Con trece o catorce años los jóvenes montañeses llegaban a Cádiz, Jerez y El Puerto de Santa María con lo puesto, dispuestos a trabajar y aprender el oficio en la tienda de un familiar o vecino, previo acuerdo entre éste y su padre. De esta forma no tenían solo una boca menos que alimentar sino que además aseguraban el porvenir de sus hijos. Aquellos niños fueron conocidos en tierras gaditanas como “chicucos”, término que les acompañaría el resto de sus vidas.

Los chicucos (conocidos como jándalos cuando con el paso del tiempo regresan a su tierra) se hicieron dueños de la mayoría de ultramarinos de la zona y en épocas difíciles, como en la posguerra, supieron fiar en las tiendas. Es más, aún a día de hoy, y a pesar de que desde los años sesenta no llega ningún chicuco a la provincia de Cádiz, los gaditanos siguen utilizando la expresión “voy al chicuco” para referirse a “hacer la compra”.


Las costumbres y los juegos, también vinieron de Cantabria: Bolera del Corribolo, hoy desaparecida, frente al aparcamiento de Pozos Dulces /Foto: Antonio Gil de Reboleño Insua.

Los chicucos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador del almacén de ultramarinos o una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el baby de curro rodillo y ahorraron y cuando tuviera un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemático su nombres en recuerdo de su tierra: el Valle del Pas, la Flor de Toranzo. Veamos algunos ejemplos.


Legumbres de calidad de La Giralda: los garbanzos los recomienda el Dr. Argumosa como un potente inhibido de la depresión. El garbanzo contiene gran cantidad de triptófano, un aminoácido precursor de la serotonina, neurotransmisor que produce sensación de bienestar y actúa como tranquilizante para mejorar la calidad del sueño e inducir al descanso. La carencia de este elemento produce ansiedad y depresión. O lo que viene a ser lo mismo: ‘Menos hamburguesas y mas garbanzos’.

ULTRAMARINOS LA GIRALDA.
El establecimiento data del siglo XIX. En 1912 lo coge Antonio Ruiz de la Canal, nacido en Caviedes (podemos recordar Casa Cofiño), montañés, como manda la tradición de estos establecimientos, muchos de ellos regentados todavía por familiares, en este caso sus nietos Alfonso y Angelita, que cuando le dices que eres de la Montaña, sus ojos brillan de forma especial.

Una de las pocas tiendas de ultramarinos que perviven en la provincia y además conservando su mobiliario y su personalidad, una verdadera joya de arquitectura comercial en el centro de El Puerto de Santa María. Tienen un gran surtido de productos y están especializados en cosas como el bacalao salado que traen de Islandia. Tienen también sobaos pasiegos o quesada (directamente desde Casa El Macho en Selaya) y un gran surtido de conservas, chacinas y quesos (muy buen Payoyo, de lo que doy fe), además de una amplia sección de vinos con importante presencia de jereces y vinos de la zona. Otra actividad curiosa que realizan es que siguen tostando café. Junto al despacho tienen un pequeño reservado donde sirven chacinas y conservas con vino.

En épocas pretéritas de penuria económica, como la posguerra, supieron fiar en las tiendas. Los clientes llevaban lo necesario cada mañana y, a final de mes, liquidaban lo prestado. No se quedaba ninguna casa sin comer. Por eso los porteños, a los montañeses nos aprecian bastante.


3 generaciones de Vicente Sordo en el Bar Vicente.

Muchos establecimientos de estas características han ido desapareciendo, bien porque no llegan nuevas generaciones de chicucos procedentes de la tierruca, bien porque los hijos de éstos se independizan de la esclava profesión del mostrador. El caso es que ya quedan como reliquias en el tiempo, frente a la globalización y las grandes superficies.


El Bar Vicente, con una publicidad, entre otras, de Anis y Coñac ‘Flor de Valdáliga’, de los Gil de Reboleño.

BAR VICENTE ‘LOS PEPES’.
Francisco Sordo Rubín, Natural de Camijanes, llegó a El Puerto de Santa María en septiembre de 1937, cuando tenía 15 años, para trabajar con su hermano Maximino, que días antes de estallar la Guerra Civil se había hecho cargo de El Resbaladero, en 1950 lo tomó Vicente Sordo.

El local mantiene el sabor de siempre, apenas modificado desde los años 20. Detrás del mostrador, hay de todo, como en botica: los anaqueles, cuadros y reclamos publicitarios de detrás del mostrador. Un cartel de Toros con el Niño del Matadero, otro con Paquirri; fotos de José de los Reyes, ‘El Negro’ y ‘Carrurra’, un espejo de ‘Coñac’ Decano, de Caballero; botellas antiguas de vinos de Osborne, un escudo del Cádiz, un cuadro de la vecina Casa de los Leones,…

Allí sigue Vicente y su hijo, como no Vicente también, que podíamos llamar Vicente II (con sentimiento montañés aún) y III. Al abuelo Vicente le he conocido, pero ya desgraciadamente fallecido. Podíamos añadir en el mismo Puerto de Santa María, a ultramarinos Diana, bar Santa María o a Casa Paco Ceballos, entre otros….

BODEGAS OBREGÓN.

A esta actividad de comercio minorista hay que sumar otra paralela en las bodegas. Los montañeses entraban a trabajar en ellas, algunos como capataces, y pronto fueron valorados porque tenían buen gusto para catar el vino. Con el paso del tiempo, acabaron quedándose con algunas bodegas en las zonas de Jerez, Chiclana, El Puerto de Santa María, donde todavía hay testimonios destacados del papel que allí jugaron los montañeses.

En Jerez de la Frontera, bodega Vinícola Soto, fundada en 1780. En Sanlúcar de Barrameda, Herederos de Argüeso fundada en 1822, o en El Puerto de Santa María, bodegas Obregón, fundada en 1935, funcionando actualmente en El Puerto de Santa María, fundada por J L González Obregón, en la calle la Zarza, con su fino La Draga. Y funcionando al menudeo a día de hoy, en el centro del Puerto de Santa María..

Legado y unión de dos zonas tan distantes en la geografía nacional, pero que siguen unidas por recuerdos y costumbres, por ejemplo se sigue jugando al bolo palma, juego tradicional de Cantabria, en Santoña tienen como patrona a la Virgen Santa María del Puerto el día 8 de septiembre y la patrona de El Puerto de Santa María es el 8 de septiembre. /Texto: Gabriel Argumosa Trueba.

martes, 5 de agosto de 2014

CÓMO VIVÍA UN CHICUCO CÁNTABRO EN CÁDIZ hacia 1905, por Venancio González

Espléndida foto de una tienda de ultramarinos finos y coloniales del archivo de la casa Díaz Revilla. La dependencia -chicuco, dependiente, encargado y el dueño con su vástago- forman al pie del cañón detrás del mostrador, bajo para que las marchantas puedan subir la bolsa. En la jamonera que pende del techo no cuelgan perniles, son babuchas, que estaban "de realización".


  http://cuadernodecadiz.blogspot.com.es



 El dueño de la tienda se llamaba Primo, pero casi nadie conocía su apellido. Siguiendo una inveterada costumbre entre los montañeses de Cádiz era conocido por el nombre de su establecimiento. Lo llamaban, por tanto, Primo el de Vista Alegre. El llegar Fulgencio le dio la mano como si fuera un hombre, y además le habló de usted. Con ello presagiaba la seriedad que iban a tener sus relaciones. El forzudo gallego ayudó al chicuco a sacar todas sus cosas del carrillo y subirlas por una empinada y estrecha escalera de madera al altillo. Era éste una pieza de amplia superficie con cimbreante suelo de madera y techo bajísimo que un hombre normal llegaba a tocar con las manos. No había ventilación directa. Olía a sudor y a jabón. Allí se acomodaban cinco catres, el mismo número de baúles y sillas, varias perchas en las paredes de las que colgaban algunas prendas de ropa, un lavabo de hierro con menguada palangana de porcelana y un pequeño espejo apulgarado por la humedad. Todo ello iluminado por una bombilla de 15 bujías. Éste sería, en adelante, su aposento, compartido con los restantes dependientes de la casa. Era inevitable que se acordara de su casona en la aldea, pero no sintió nostalgia. Una vez que el gallego lo dejó solo observó todo aquello. Colocó lo mejor que pudo las ropas de la cama, se puso su uniforme de trabajo, o sea, la blusa blanca cerrada en el cuello. Con mucho cuidado, para no caerse por la endemoniada escalera, bajó hasta la tienda para presentarse de nuevo al que ya era su jefe. [...] 14 Cuando dieron las seis de la mañana tuvieron que zamarrearlo fuertemente para despertarlo. Sólo se despejó por completo cuando sintió el agua fresca en su cara. Aquella tienda no era ni muy grande ni demasiado pequeña. Podríamos decir que era la "tienda de montañés" que pudiera tomarse como tipo entre las de Cádiz. En ella estaban representadas todas las categorías en el rígido escalafón de los montañeses: un chichuco, dos dependientes, un segundo, un encargado y el dueño. El trabajo de Fulgencio era el más pesado y a la vez el de menos responsabilidad. Lo que más hacía era lavar vasos, platos y cucharillas. Por las mañanas, o mejor dicho, por las madrugadas, ayudaba a poner en su sitio todas las sillas que por las noches habían colocado encima de las mesas. Después tenía que limpiar con polvos de tiza los cristales de las puertas y una serie de espejos colocados caprichosamente en los sitios más inverosímiles. También tenía que llevar los servicios que pedían de los puestos del próximo mercado y hacer todos los recados. Gracias a esto iba conociendo la ciudad. Le extrañaba mucho cómo hablaba la gente. Al principio no entendía lo que le decían. Además de que hablaban muy de prisa, aquella forma de pronunciar no era la que le había enseñado don Luis. Su jornada de trabajo hoy nos parecería inhumana, y con mucha razón. A las seis de la mañana era despertado. Después de un somero aseo se abría la tienda y empezaba el despacho, mientras la dependencia desayunaba un abundante café con leche acompañado de buena cantidad de churros, recién fritos en un puesto inmediato. A la una, la comida, compuesta por lo que llamaban, "sota, caballo y rey". O sea: sopa, cocido y pringada. Además un plato de pescado o bistec, con furta o queso de postre y vino tinto. Existía la costumbre, en la mayoría de las tiendas, de que si alguno no quedaba satisfecho después de haber comido todo lo que le ponían podía pedir lo que quisiera y la casa lo pagaba. Esto no ocurría casi nunca, pues los sacrificios laborales se compensaban con la abundancia gastronómica. Después de la comida amainaba mucho el trabajo, reducida la clientela a los que se pasaban toda la tarde tomando un solo café que se jugaban a las cartas o al dominó. Era cuando empezaba la siesta, que se hacía en dos turnos de hora y media cada uno. A las cinco volvía a aumentar la clientela y toda la plantilla volvía a estar otra vez en plan de trabajo hasta las doce de la noche, hora en la que se cerraba, con el único intervalo de la cena, que entonces se hacía a las siete de la tarde. 15 Los domingos y fiestas de guardar había una ligera diferencia. La dependencia se levantaba un cuarto de hora antes aunque la tienda se abría media hora después. El motivo era la asistencia a la misa de seis del "Hospitalito". La pequeña capilla del Hospital de Mujeres, en la calle del mismo nombre muy cerca del mercado. La gente la llamaba "la misa de los montañeses". Por su hora, era la apropiada para que cumplieran el precepto dominical los que trabajaban en establecimientos de bebidas y comestibles de las inmediaciones. Sería curioso conocer lo que pensaban aquellos jóvenes uniformados con blusa blanca o babis de dril, según fueran del gremio de bebidas o del de comestibles. Tenían una fe empírica y primitiva. Iban a misa porque se lo mandaban y ya eso era una razón. Además sabían que el cura de cada uno de sus respectivos pueblos les ordenaba ir. Aunque la misa de la aldea era distinta. Allí era un verdadero acto social al que no faltaba nadie y en el que se veían semanalmente todos los vecinos con el aliciente de una pintoresca homilía, o plática como se decía entonces, que las más de las veces llegaba a lo profundo de las sencillas conciencias aldeanas. Aquí se limitaban a escuchar los latines que con monótono sonsonete iba desgranando el viejo canónigo medio dormido, a los que contestaba con voz atiplada un sacristán de movimientos un tanto equívocos. La montañesería andante, en unión de unas cuantas viejas madrugadoras era lo que más tarde se llamaría el pueblo fiel y asistía al acto litúrgico con una actitud que podríamos llamar de respetuosa ausencia. Cada cual pensaba en sus cosas. [...] 17 Aunque la intensidad del trabajo dejaba poco tiempo para las meditaciones, Fulgencio pensaba algunas veces sobre su nueva situación. Sin duda alguna estaba satisfecho del paso que había dado. Tenía que trabajar mucho pero le trataban bien. Como a un hombre. Todas sus necesidades inmediatas estaban cubiertas. Su trabajo no tenía nada de infamante. para limpiar el suelo había una limpiadora que iba todas las mañanas. Una lavandera recogía la ropa sucia dos veces a la semana y la devolvía limpia al día siguiente. Le permitían fumar gratuitamente, aunque por respeto nunca lo hacía en presencia del dueño. Como en todas las tiendas de montañés, había un cajoncito de madera con tabaco de picadura, papel y cerillas que el dueño reponía diariamente. Allí se proveía la dependencia a su voluntad, aunque estaba prohibido servir al público con un cigarro en la boca. También tenía la tienda un abono en una barbería de la calle Hospital de Mujeres, gracias al cual la dependencia se pelaba una vez al mes y se afeitaba dos por semana. [...] Cuando llevaba ya unos meses trabajando, Primo le llamó la atención sobre lo rozado que tenía el cuello de la blusa blanca, por lo que debía comprarse una nueva. –Sí, señor, pero yo no tengo dinero. Entonces se dio cuenta de que se había puesto a trabajar sin saber lo que ganaba ni cómo lo cobraba. En eso no había pensado nunca. [...] Primo esbozó una sonrisa de benevolencia y aclaró: –Lo que usted gana está depositado en "Pérez y Compañía". Vaya usted al Pópulo a decirles que necesita comprarse una chaqueta blanca. Allá fue por primera vez desde que había llegado a Cádiz. Don Manuel lo hizo pasar a la trastienda. [...] Se enteró de que su sueldo eran cuatro mil reales al año, que ya había ganado lo suficiente para pagar el viaje y lo comprado al llegar y que aún tenía saldo positivo. Le alentaron a que siguiera como hasta entonces. Su primer objetivo debía ser el de ahorrar seis mil reales para pagar el "quinto"[1]. Si seguía trabajando fuerte y aprendiendo, podría ascender pronto a dependiente y lo peor habría pasado. [...] 18 [...] En varias ocasiones se había sentido enfermo algún dependiente de la tienda y había que llamar a don Rafael, que era el médico de los montañeses. Una vez, uno de ellos tenía algo más serio que un vulgar catarro. Don Rafael, cuando lo reconoció, indicó que tenía que ir a la Casa de Salud. En un coche de caballo, envuelto en una manta y acompañado paternalmente por Primo, se marchó el enfermo... Al cabo de dos semanas volvió curado. Entonces se enteró Fulgencio de que pagaba una cuota mensual que le daba derecho, en caso de enfermedad, a ser hospitalizado en la Casa de Salud del Centro Cántabro, que estaba en la calle Adriano de Extramuros, en donde recibían asistencia gratuita todos los asociados. Es indudable que el Centro Cántabro de Cádiz se adelantó en varias décadas al seguro de enfermedad. 


 Venancio González, El montañés de la esquina (1961), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1995 (2ª edición) NOTA SOBRE VENANCIO GONZÁLEZ (1917-2001), el autor Venancio González García nació en Cádiz el 15 enero de 1917, del matrimonio formado por Venancio González Díaz y Milagros García Abascal, dos montañeses afincados en nuestra ciudad,. A Cádiz vino Venancio padre como chicuco en los primeros años del siglo XX. Se formó en el colegio de la Salle Mirandilla, simultaneando los estudios de Bachillerato con los de la Escuela de Artes y Oficios. Posteriormente cursó Medicina en la Facultad de Cádiz. Finalizada la carrera, en 1942, se casó con Rosario Martínez Gavira, e hizo la especialidad de pulmón y corazón en el hospital de Valdecillas de Santander y posteriormente se doctoró en Madrid. En su vida profesional alternó su puesto de especialista en pulmón y corazón en el Hospital Fernando Zamacola (actual Puerta del Mar) con su consulta particular. Tuvo cuatro hijos, Venancio (1944), Pepe Ángel (1946), Adolfo (1948) y Rosario (1956). Fue concejal en el Ayuntamiento presidido por José León de Carranza, encargándose, fundamentalmente del área de tráfico. Obtuvo varios premios de narración breve y fue mantenedor en distintos Juegos Florales de la provincia. Todo ello simultaneado con colaboraciones en Diario de Cádiz y la Hoja del Lunes. Murió en el año 2001, un poco antes de que saliera el libro homenaje editado por sus hijos “Apuntes Taurinos de Venancio González”, en el que numerosos amigos suyos glosan distintos dibujos extraídos de los cuadernos que llevaba a las plazas de toros para pintar bocetos que más tarde utilizaría en sus conferencias. Adolfo González Martínez, http://www.gentedecadiz.com/?p=1571

sábado, 12 de julio de 2014

Chicucos antes que chinos

La capacidad de trabajo de los comerciantes asiáticos, elogiada por empresarios españoles, era ya superada por los montañeses que vinieron a Cádiz en el XIX y XX



http://www.diariodecadiz.es/


Antes, mucho antes de la llegada de los chinos, los cántabros comenzaban a tomar posiciones estratégicas en el comercio gaditano. Volcados en el trabajo y con una evidente capacidad para los negocios pronto comenzaron a desbancar a navarros y vascos y situarse ellos al frente de las principales tiendas de la ciudad, fundamentalmente ultramarinos y bares, hasta llegar a su época de oro entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En 1917, cuando Cádiz contaba con 67.000 habitantes que se concentraban casi en su totalidad dentro del recinto amurallado, se cuantificaban 330 establecimientos en manos de cántabros, lo que podía suponer el 90% del total de este sector. 

Buena parte de ellos fueron en los primeros años de su vida laboral, iniciada casi siempre apenas pasados los diez años de edad, lo que acabará por denominarse como 'chicucos'. 

Jóvenes, niños en muchos casos, que vivían en el propio establecimiento donde trabajaban. Cuando cerraba el local tras una larga jornada laboral (atendiendo a la clientela, limpiando, llevando los 'mandados', cargando las provisiones...) dormían en unos finos colchones instalados tras el mostrador. Allí comían, sin apenas días libres y, mucho menos, vacaciones. Los más avispados acababan ascendiendo y, o bien terminaban por ponerse al frente de la misma tienda o bien montaban su propio negocio donde, a la vez, contaban con sus correspondientes 'chicucos'. 

Los 'chicucos' eran, en su gran mayoría, cántabros de nacimiento que habían viajado a Cádiz desde el norte reclamados por sus familiares o por amigos, convertidos ya en comerciantes. Los mismos que, en su momento, les ayudarán a poner en marcha sus propios negocios convirtiéndose en peculiares banqueros. 

Horas y horas de trabajo cada jornada, de lunes a domingo, y apoyo financiero de 'los suyos' evitando con ello la petición de préstamos bancarios, para salir adelante. Una dinámica laboral que se repite ahora, varias decenas de años más tarde, con la comunidad china. 

En apenas unos años el comercio gaditano, referente por su calidad y su diversidad no solo en la provincia sino en todo el sur de España, ha visto como calles y locales señeros han sido invadidos por tiendas con el sello de China con una doble peculiaridad: la mercancía puesta a la venta y la capacidad de trabajo de los ciudadanos asiáticos que están al frente de estos locales, abiertos en horas y días en los que el resto del comercio tradicional tienen sus puertas cerradas. 

Cierto es que esta 'invasión' no se limita a Cádiz. No hay ciudad en España, pequeña o grande, que no cuente con un amplio catálogo de tiendas regentadas por ciudadanos chinos. Por ello, el sello de grandes trabajadores se ha extendido todo el país. Y de ello habló esta semana Juan Roig, presidente de Mercadona, que elogió "la cultura del esfuerzo de los bazares chinos", lamentando la ausencia de la misma en muchos de los españoles. 

Y sin embargo, ahí están los 'chicucos' gaditanos, mucho antes de que el primer chino pisase suelo gaditano. "La forma de trabajar, de gestionar sus negocios e incluso de financiarlos por parte de quienes vinieron de Cantabria hasta Cádiz tiene una clara similitud con la forma de trabajar y de gestionar de los comerciantes chinos. Los montañeses llegaban a Cádiz bajo la protección de sus familiares que ya habían arribado antes a la ciudad y éstos, en muchos casos, le ayudaban económicamente a abrir sus propios negocios, como pasa con estas familias asiáticas", afirma José Álvarez, veterano empresario de Cádiz y estudioso de la historia de su comercio, a punto de publicar un nuevo trabajo bajo el nombre de 'Comerciantes, marineros y banqueros'. 

Álvarez destaca de los 'chicucos' su afán por superarse, que llevó a muchos de ellos, una vez independizados, a "dar el salto a la exportación y a ampliar sus negocios". 

Menciona Álvarez varios apellidos que han formado parte de la historia del comercio de Cádiz y que tienen raíces en Cantabria: González de Peredo, aún presente en la vida económica de la ciudad, Ignacio Fernández Castro o Luis Gardollo. Todos ellos llegaron a Cádiz a finales del siglos XVIII o principios del XIX y al contrario de los chicucos montañeses de finales del XIX y principios del XX, todos habían superado la veintena. 

Arribaron a Cádiz sin apenas nada y con ganas de triunfar en los negocios. Gardollo es un claro ejemplo del éxito en esta empresa: llegó con apenas 24 años a la ciudad y en pocos años se hizo con una fortuna que le llevó a comprar como residencia la que después fue sede del Banco de España, y hoy de la Cámara de Comercio, junto al edificio anexo, donde durmió Fernando VII. 

Trabajo, trabajo y trabajo. Un lema ya antiguo para los 'chicucos' gaditanos. Mucho antes de la invasión china.

miércoles, 9 de julio de 2014

LA MONTAÑA EN CÁDIZ. La revista del Céntro Cántabro

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Se dice que Cádiz, tras la reconquista, fue repoblado por cristianos viejos de Santander, cuando Alfonso X puso la cruz sobre las aguas en esta ciudad, elevando el viejo villorrio musulman decadente, herdero de grandes tiempos, a sede episcopal. Desde entonces la Montaña ha marcado a esta ciudad, entre navieros, chicucos, bodegueros, hombres de negocios, menestrales y honrados trabajadores. Los montañeses han sido tan gaditanos que una de las primeras sociedades de socorrios mutuos, con su propio hospital, fue fundada por jándalos llamándose el Centro Cántabro. Buena prueba del esplendor de aquella sociedad, que feliz y vigorosamente pervie hoy, es esta revista, el número uno de una publicación cuidada y muy bien editada que hoy es codiciado objeto de colección. Como la gente de Cádiz es en buena medida también gente de la Montaña y parafraseando a otro ilustre descendiente de santanderinos como fue el doctor Venancio González García, recordamos a todos esa Montaña abierta a Cádiz. La Montaña, el Norte.

Fuente:http://www.gentedecadiz.com/

martes, 27 de mayo de 2014

Bodegas Soto: de La Montaña a Jerez




http://www.laesenciadelvino.com/ 

La Fundación de la Casa Soto se remonta a 1771, cuando D.Francisco de Soto, natural de Riaño (Santander), llegó a Jerez y se estableció como cosechero y almacenista de vinos en la Calle de Caldereros. Posteriormente, ya a principios del siglo XIX, D. José de Soto, hijo de D. Francisco de Soto, adquirió una nueva bodega, en la calle Benavente. Fallecido D. José, le sucede su hijo D. Francisco. Durante esta época, se amplia el almacenado y el envejecimiento de vinos, comerciando ya con los más importantes exportadores de la época. Será más tarde, hacia 1888, cuando la bodega comienza a exportar al extranjero. Se replanta la viña Santa Isabel y se introducen importantes variedades de porta-injertos. Será en esta época cuando el Ministerio de Agricultura conceda a Santa Isabel el único Diploma de Honor concedido a una viña. En 1920, DJosé de Soto y Abad, gran impulsor de la plantación de viñedos en Jerez, amplió enormemente el negocio, trasladándose a los locales que hoy ocupa la firma. Fue presidente durante más de 20 años de la Cámara de Comercio de Jerez, académico de la Universidad de Bellas Artes de Cádiz e Hijo Predilecto de la ciudad de Jerez en 1950. En 1945 se constituyó la actual Sociedad Anónima, que ha ampliado varias veces su capital fundacional. La Bodega de José Soto fue adquirida por el empresario D. José Mª Ruiz-Mateos en 1989. En la actualidad, todas las instalaciones están ubicadas en la finca Cerro Viejo.

jueves, 8 de mayo de 2014

De Bostonizo a Cádiz: almacén de coloniales y ultramarinos finos 'Santa Inés'



Gerardo Gómez, oriundo de Bostonizo, aparece detrás del peso en la barra de su almacén de coloniales y ultramarinos finos, 'Santa Inés', que felizmente sigue hoy abierto al público con su hijo José Mari al frente. A su lado los dos dependientes –Desiderio y Domingo Marcos– con sus babis, ya que la pulcritud sigue siendo la marca de la casa. Foto:http://eltabiquedellibi.blogspot.com.es/

lunes, 5 de mayo de 2014

La manzanilla de Sanlúcar, invento montañés...





El surgimiento de la manzanilla de Sanlúcar tiene lugar en la 2º mitad del siglo XVIII. Durante estas fechas y las primeras décadas del siglo XIX se producen una serie de transformaciones técnicas y económicas en la vitivinicultura del actual marco de jerez, estas transformaciones dieron lugar a una reestructuración del negocio vitivinicola y al asentamiento de la moderna industria en la zona. En este contexto ilustrado y preocupado por mejorar la producción de vinos en Sanlúcar, nace la manzanilla, como nuevo tipo de vino completamente diferente a los anteriores vinos de color, que hasta entonces se venian produciendo en toda la zona del marco de Jerez, por el sistema de añadas. El nuevo vino de Sanlúcar aparecia acompañado por un novedoso sistema de crianza biológica, denominado "soleras" que es el que hoy en dia se encuentra generalizado en el marco para la elaboración de diversos caldos. Se desconoce el momento exacto y lugar en el que se produjo este feliz descubrimiento; aunque todo parece indicar que, al menos, la denominación manzanilla aplicada al vino sanluqueño, se generalizó entre los consumidores de la ciudad de Cádiz y entre los montañeses que regentaban las tabernas gaditanas, pues es precisamente en Cádiz donde aparecen las primeras menciones escritas referidas a la manzanilla adoptandose este termino mas tarde por los vinateros de Sanlúcar, para identificar definitivamente el nuevo hallazgo vinícola. Desde antiguo, los tarneros realizar combinaciones de vinos. A fin de obtener mayores beneficios, al tiempo que atendian los especificos gustos de sus clientes. El descubrimiento de la manzanilla se produciria de forma fortuita, es posible que algun tabernero observara que, al extraerse el vino de una bota para servir a los clientes y no reponerse con prontitud, iba quedando un vacio en el interior del envase, donde surgirian por primera vez, las levaduras del "velo de flor" de forma que, a medida que la bota se iba vaciando, se sacaba un vino diferente, que presentaba una serie de novedosas y singulares caracteristicas en su color, olor, y sabor, el cual fue muy al gusto de los consumidores, y que terminaria llamandose "Manzanilla". Este nuevo vino se puso muy de moda a finales del siglo XVIII y principios del XIX, pagandose a mejor precio que los tradicionales. Con posterioridad a este hallazgo vinicola, los criadores sanluqueños efectuarian numerosos ensayos para obtener un vino igual al descubierto tan circunstancialmente, surgiendo al mismo tiempo el actual sistema de criaderas y soleras cuyas tecnicas mejorarian con el tiempo. Extraido del libro: "La Manzanilla Historia y Cultura de las bodegas de Sanlúcar" Autor: Ana María Gómez Díaz

jueves, 1 de mayo de 2014

Un chicuco de Cabuérniga...





Ultramarinos las Nieves, en Cádiz,fundado en 1891 por Gabino Hidalgo Concha, natural del Valle de Cabuérniga.En Cádiz había más de setecientos almacenes de ultramarinos. Más del 90% de estos negocios estuvieron atendidos por encargados y dependientes procedente de Cantabria y Galicia. Llegaban con lo puesto, normalmente para trabajar y aprender el oficio en la tienda de un familiar o vecino del pueblo. Tomado de http://eltabiquedellibi.blogspot.com.es/

lunes, 28 de abril de 2014

Los jándalos según Víctor de la Serna


Foto: Gente de El Puerto


 «Jándalo» quiere decir sencillamente andaluz...[...]...El Jándalo es una institución secular en la vida rural de la Montaña, y excede en interés con mucho al indiano desde el punto de vista humano, aunque las dimensiones de la hazaña económica del indiano sean superiores… Hay pueblos enteros de jándalos, como Ruiseñada, en las proximidades de Comillas... Y como Ruiloba…Los jándalos han impreso su carácter en estos pueblos, donde se cultivan los geranios y las malvalocas más hermosas que se puedan hallar en el mundo. No hay muchos jándalos en Liébana desde el siglo XVIII. Viene luego la gran región formada por los Valles de Val de San Vicente, Valdáliga, Cabuérniga y Reocín, verdadera cuna del jandalismo. Campoo, otro gran valle fronterizo, emigra a Castilla la Llana y a Madrid. Valdeiguña, Camargo, Pas y los Cudeyos, dan mucho contingente al indiano. En cambio, Toranzo es otro enclave del jandalismo, que va desapareciendo hacia Oriente, hasta extinguirse a la otra orilla del Asón. Antes, hemos encontrado otro renacimiento del jandalismo hacia Siete Villas, que ha dado ilustres jándalos y fundado linajes muy campanudos en Andalucía. Yo no recuerdo ahora de ningún hospital ni casi de ninguna escuela —salvo las de Igareda en Valdecabezón— que se deban a los jándalos. Pero el jándalo ha introducido en la vida rural de la Montaña modos alegres y gratos de vida. Por ejemplo: la arquitectura aldeana les debe la importación de la reja y del tejadillo sobre las puertas y los balcones. La vida diaria le debe el amor a las flores y a los estragales húmedos y regados, con muchas enredaderas que a veces constituyen verdaderos jardines colgantes».

miércoles, 23 de abril de 2014

Rodrigo Ruiz Pomar, bodeguero montañés en Jerez

Archivo:Ruiz Pomar.jpg
Rodrigo Ruiz Pomar nació en Ruiloba el 18 de Agosto de 1814 y falleció en la misma ciudad el 14 de Febrero de 1899. Su apellido de origen es Ruiz de Villegas pero omitieron el “de Villegas” dos generaciones atrás. De su matrimonio con Benita Pérez y Pérez nacieron sus hijos: Antonio Rodrigo, Guillermo, Cristeta, Rodrigo, Ernesto, Gerardo y Heriberto. Estudió Humanidades en Comillas. Continuó en Jerez con el negocio bodeguero de almacenado de vinos que inició su padre Íñigo Ruiz Tagle. 




Una parte de él fue el embrión de la bodega de exportación, a nombre de sus hijos, A. R. Ruiz y Hnos., fundada en 1880. La otra parte siguió funcionando bajo la razón social de Ruiz Pomar Hnos., siendo su hermano Iñigo quien la llevaba más directamente. Fueron sus hermanos: María de la Consolación Ruiz (o Ruiz de Villegas) Pomar que nació en Ruiloba en 1819; José Ruiz Pomar que nació en Ruiloba el 12 de Febrero de 1820, sacerdote; Bartolomé Iñigo Ruiz Pomar que nació en Ruiloba en 1824 y falleció a los tres meses; María del Rosario Ruiz Pomar que nació en Ruiloba en el 7 de mayo de 1829; Iñigo Manuel Ruiz Pomar que nació en Ruiloba el 13 de mayo 1833, casó con María López de Castañeda; Elías Ruiz Pomar que nació en Ruiloba el 22 de febrero de 1838, casó con Rosalía Bedoya Ruiz de Villegas. La figura de Rodrigo cobra también gran importancia en relación con la obra ingente del Carmelo de Ruiloba cuyo fundador fue su hermano José, presbítero, quien empleó en ella toda su fortuna. Debido a la prematura muerte de este ejemplar sacerdote apenas iniciada la construcción, tuvo que ocuparse de la difícil tarea de consolidar la fundación que emprendió su hermano ya que, además de albacea testamentario, fue nombrado heredero fiduciario, junto con el Obispo de Santander y el Canónigo Lectoral de la Catedral de Santander. Todos ellos tenían la laboriosa misión de llevar a buen fin la voluntad del testador: ceder la fundación, Monasterio y todos los bienes a una Orden Religiosa Contemplativa, hecho que tuvo lugar legalmente el 26 de Mayo de 1884. Según la tradición oral, el coste total de lo heredado por la Comunidad de Carmelitas Descalzas ascendía a unas 700.000 pesetas de la época, cantidad considerada por los expertos como muy aproximada. Bien puede considerarse a don Rodrigo Ruiz como segundo fundador de este Carmelo de Ruiloba y, sin duda, incorporarse también a este honor a don Vicente Calvo y Valero, sevillano, quien sucediera al anterior en el Obispado de Santander.

Fuente:http://www.jerezsiempre.com/
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