YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

sábado, 12 de julio de 2014

Chicucos antes que chinos

La capacidad de trabajo de los comerciantes asiáticos, elogiada por empresarios españoles, era ya superada por los montañeses que vinieron a Cádiz en el XIX y XX



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Antes, mucho antes de la llegada de los chinos, los cántabros comenzaban a tomar posiciones estratégicas en el comercio gaditano. Volcados en el trabajo y con una evidente capacidad para los negocios pronto comenzaron a desbancar a navarros y vascos y situarse ellos al frente de las principales tiendas de la ciudad, fundamentalmente ultramarinos y bares, hasta llegar a su época de oro entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En 1917, cuando Cádiz contaba con 67.000 habitantes que se concentraban casi en su totalidad dentro del recinto amurallado, se cuantificaban 330 establecimientos en manos de cántabros, lo que podía suponer el 90% del total de este sector. 

Buena parte de ellos fueron en los primeros años de su vida laboral, iniciada casi siempre apenas pasados los diez años de edad, lo que acabará por denominarse como 'chicucos'. 

Jóvenes, niños en muchos casos, que vivían en el propio establecimiento donde trabajaban. Cuando cerraba el local tras una larga jornada laboral (atendiendo a la clientela, limpiando, llevando los 'mandados', cargando las provisiones...) dormían en unos finos colchones instalados tras el mostrador. Allí comían, sin apenas días libres y, mucho menos, vacaciones. Los más avispados acababan ascendiendo y, o bien terminaban por ponerse al frente de la misma tienda o bien montaban su propio negocio donde, a la vez, contaban con sus correspondientes 'chicucos'. 

Los 'chicucos' eran, en su gran mayoría, cántabros de nacimiento que habían viajado a Cádiz desde el norte reclamados por sus familiares o por amigos, convertidos ya en comerciantes. Los mismos que, en su momento, les ayudarán a poner en marcha sus propios negocios convirtiéndose en peculiares banqueros. 

Horas y horas de trabajo cada jornada, de lunes a domingo, y apoyo financiero de 'los suyos' evitando con ello la petición de préstamos bancarios, para salir adelante. Una dinámica laboral que se repite ahora, varias decenas de años más tarde, con la comunidad china. 

En apenas unos años el comercio gaditano, referente por su calidad y su diversidad no solo en la provincia sino en todo el sur de España, ha visto como calles y locales señeros han sido invadidos por tiendas con el sello de China con una doble peculiaridad: la mercancía puesta a la venta y la capacidad de trabajo de los ciudadanos asiáticos que están al frente de estos locales, abiertos en horas y días en los que el resto del comercio tradicional tienen sus puertas cerradas. 

Cierto es que esta 'invasión' no se limita a Cádiz. No hay ciudad en España, pequeña o grande, que no cuente con un amplio catálogo de tiendas regentadas por ciudadanos chinos. Por ello, el sello de grandes trabajadores se ha extendido todo el país. Y de ello habló esta semana Juan Roig, presidente de Mercadona, que elogió "la cultura del esfuerzo de los bazares chinos", lamentando la ausencia de la misma en muchos de los españoles. 

Y sin embargo, ahí están los 'chicucos' gaditanos, mucho antes de que el primer chino pisase suelo gaditano. "La forma de trabajar, de gestionar sus negocios e incluso de financiarlos por parte de quienes vinieron de Cantabria hasta Cádiz tiene una clara similitud con la forma de trabajar y de gestionar de los comerciantes chinos. Los montañeses llegaban a Cádiz bajo la protección de sus familiares que ya habían arribado antes a la ciudad y éstos, en muchos casos, le ayudaban económicamente a abrir sus propios negocios, como pasa con estas familias asiáticas", afirma José Álvarez, veterano empresario de Cádiz y estudioso de la historia de su comercio, a punto de publicar un nuevo trabajo bajo el nombre de 'Comerciantes, marineros y banqueros'. 

Álvarez destaca de los 'chicucos' su afán por superarse, que llevó a muchos de ellos, una vez independizados, a "dar el salto a la exportación y a ampliar sus negocios". 

Menciona Álvarez varios apellidos que han formado parte de la historia del comercio de Cádiz y que tienen raíces en Cantabria: González de Peredo, aún presente en la vida económica de la ciudad, Ignacio Fernández Castro o Luis Gardollo. Todos ellos llegaron a Cádiz a finales del siglos XVIII o principios del XIX y al contrario de los chicucos montañeses de finales del XIX y principios del XX, todos habían superado la veintena. 

Arribaron a Cádiz sin apenas nada y con ganas de triunfar en los negocios. Gardollo es un claro ejemplo del éxito en esta empresa: llegó con apenas 24 años a la ciudad y en pocos años se hizo con una fortuna que le llevó a comprar como residencia la que después fue sede del Banco de España, y hoy de la Cámara de Comercio, junto al edificio anexo, donde durmió Fernando VII. 

Trabajo, trabajo y trabajo. Un lema ya antiguo para los 'chicucos' gaditanos. Mucho antes de la invasión china.
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