YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

sábado, 1 de noviembre de 2014

En medio de todo aquello, conocedor de hasta el último producto, está el montañés; con un lápiz en la oreja, con ganas de ganar dinero, pero sobre todo con ganas de trabajar y con toda la paciencia del mundo…




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Muchos montañeses, sobre todo habitantes de pequeñísimas poblaciones encajadas en los altos valles cántabros, con poco porvenir en sus tierras divididas en pequeñísimas parcelas ya ocupadas, venían a Cádiz. Soñaban con América, y muchos de ellos se conformaron con hacer las américas en tierras andaluzas. Otros, de regreso del otro continente, se instalaban junto a nosotros entendiendo que tenían más porvenir en nuestra tierra que en la montaña.
Los montañeses fueron monopolizando el comercio de comestibles y bebidas, montando tabernas y almacenes de ultramarinos. Su modo de implantación, su manera de crecer y prosperar, solía seguir un patrón:
Cuando a un montañés le iba bien en su negocio, y necesitaba ayuda, escribía a su pueblo y se traía a alguien de la familia. El Chicuco comenzaba en la tienda como ayudante. Vivía en la tienda, comía y dormía en la tienda. Los establecimientos solo se cerraban para dormir, y los domingos por la tarde. Trabajaban como chinos.
Con el tiempo, con los años, el chicuco iba progresando y se convertía en encargado. Después, podía ocurrir, que el dueño, el montañés principal, le cediera la tienda o montara otra tienda a medias. Un socio capitalista y un socio trabajador, al cincuenta por ciento de beneficios.
Una vez que al segundo montañés le iba bien, y necesitaba ayuda, volvía a escribir y a pedir que viniera algún familiar o vecino de su aldea, que comenzaba de nuevo de chicuco, como un círculo sin fin. De este modo, los montañeses se instalaron junto a nosotros generación a generación. Es difícil entender algunos aspectos de nuestra historia reciente sin tener en cuenta a los chiclaneros de Cantabria.
Centrémonos en la Chiclana de los sesenta y setenta. En los comercios de Luis Marcos Campuzado, o de de Santos Díaz Sieza. Ambos viven todavía. Imaginemos una tienda de ultramarinos de entonces…
El mostrador de madera, con infinitas huellas y arañazos de monedas, de latas y de cajas que se han arrastrado por encima. El género bien ordenado en estanterías antiguas, sacos de arpillera y grandes latas de pimiento molido, con el dibujo de una flamenca desgastado. Carne membrillo, chocolates, detergentes… un bidón lleno de aceite y una maquinilla capaz de bombear la cantidad justa, a cada vuelta de la manivela. sobre el mostrador unas cajas de mariposas de la marca Virgen de la Milagrosa, unas tiras de papel pegajoso que se utilizan para atrapar moscas, y unas latas destapadas llenas de polvos de colores, con un cazo medio hundido que se utilizaba para servirla. A la derecha el bicarbonato, la sosa y el añil. A la izquierda Achicoria y Malta, para rebujarlo con el café que están en una lata tapada justo al lado.
Casi en el centro del mostrador la báscula de doble platillo, de cobre, muy desgastados y golpeados; con sus pesas respectivas. Hoy son las pesas buenas. Se ha corrido el rumor de que viene el inspector de pesas y medidas. Las de kilo que pesan novecientos cincuenta gramos están guardadas. No habrá problemas. El funcionario inspector de pesas y medidas también es representante de una casa de pimentón. Le vamos a pedir dos sacos de cincuenta quilos.
En medio de todo aquello, conocedor de hasta el último producto, está el montañés; con un lápiz en la oreja, con ganas de ganar dinero, pero sobre todo con ganas de trabajar y con toda la paciencia del mundo… Sabe mirar por el céntimo, sabe cuántos cerillos o mariposas hay en cada caja. Quizás llene una caja vacía cogiendo una mariposa de cada una de las cajas llenas…
En el centro del mostrador, por dentro, hay dos cajones. Uno es la caja, de la que entran y salen las monedas contadas. Lo billetes, al bolsillo. En el otro cajón hay una libreta. La libreta de los fiaos…
En Chiclana era habitual que en una tienda fiaran a una familia durante todo un año, a la espera de la cosecha de la uva. Cuando se cobraba la uva, se saldaba la cuenta… si la cosecha era buena; si no, se dejaba parte para el año siguiente. El abuelo de mi mujer, cuando cobraba la uva y liquidaba con el montañés, una vez al año, compraba una lata pequeña de carne de membrillo. Aquello era toda una fiesta. Todavía habrá alguna lata por ahí, quizás en un cajón, quizás llena de fotografías.
Montar una tienda a medias con otro, dar fiao a su clientela durante todo un año, y llevar ordenada y honradamente las cuentas en la libreta, definen a mi juicio, una personalidad y una manera de ser. La honradez y la enorme capacidad y constancia en el trabajo, definen a nuestros montañeses. Ellos nos trajeron de la montaña su carácter severo y constante, su tenacidad y su paciencia. 
Varias generaciones después, los hijos y nietos de estos primeros montañeses, Calixto, Manolo, Luis, Ana María… pueden seguir presumiendo de su carácter y de sus orígenes, un carácter algo diferente quizás, pero recto y trabajador. Como buenos montañeses.
Ellos siguen haciéndonos mejores, como lo hicieron sus antepasados.

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