YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

domingo, 18 de octubre de 2009

25 aniversario del asesinato del Siervo de Dios Jerzy Popieluszko

Padre Jerzy Popieluszko, secuestrado y asesinado por agentes de los servicios secretos comunistas polacos el 18 de octubre de 1984



Jerzy Popiełuszko (pronunciado: jɛʐɨ popʲɛwuʂko) (nacido el 14 de septiembre de 1947 en Okopy cerca de Suchowola – fallecido el 19 de octubre de 1984) fue un sacerdote católico de Polonia, capellán del sindicato Solidarność. Fue asesinado por la agencia de inteligencia interna comunista operada por los soviéticos, la Służba Bezpieczeństwa.
El capellán de Solidaridad tenía sólo 37 años. Eran los años oscuros de la ley marcial del general Wojciech Jaruzelski. El padre Popieluszko celebraba misas por la patria. A su iglesia de San Estanislao de Kostka, en Varsovia, acudía cada vez más gente.Para el régimen era un fanático, un ejemplo de clericalismo militante; para la gente, en cambio, era un pastor sabio y valiente, convencido de que debía vencer al mal con el bien.El 19 de octubre de 1984, el padre Popieluszko fue secuestrado y asesinado por agentes de los servicios secretos que, tras destrozarlo a golpes, lo arrojaron a las aguas heladas del río Vístula. La noticia del secuestro la dio el chofer del padre Jerzy, Waldemar Chrostowski, que logró saltar fuera del coche de los secuestradores y esconderse en el bosque. Por muchos días se esperó que el sacerdote continuara con vida. Hasta que, el 27 de octubre, el capitán Grzegorz Piotrowski confesó: “Lo maté yo, con mis propias manos”.
El cuerpo se encontró después en el lago artificial formado por la presa de Wloclawek, a unos cien kilómetros al norte de Varsovia. El impacto fue impresionante pero el pueblo polaco lo afrontó sin ceder a la ira o a la violencia, recordando las palabras que el padre Jerzy solía repetir: “Tenemos que vencer al mal con el bien”. Quienes ordenaron este delito, relatado en sus detalles macabros por los asesinos, en el curso de un dramático proceso, no fueron nunca juzgados. Los imputados fueron condenados pero vieron reducida la pena y ya todos salieron de la cárcel. La tumba del padre Popieluszko, situada en Varsovia junto a la iglesia donde celebraba las misas por la patria, se convirtió en meta de peregrinaciones de millones de personas, que lo veneran como el testigo de la resistencia moral y espiritual del pueblo polaco. Juan Pablo II, en una de sus visitas a Polonia, oró sobre su tumba. El 18 de octubre, en Wloclawek, donde se encontró el cuerpo del sacerdote, se celebró una misa por su beatificación. Al día siguiente el cardenal Jozef Glemp, primado de Polonia, presidió, con esa misma intención, una misa solemne en la iglesia de San Estanislao de Kostka en Varsovia.
Su proceso de beatificación se encuentra muy avanzado.
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