YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El director de orquesta Lorin Maazzel encarga en un taller de Gajano tres campanas para el Palau de la Música de Valencia


El mismísimo director Lorin Maazzel vino a Gajano para ver si era verdad lo que le habían contado: que había un campanero capaz de conseguir el sonido que él buscaba para la Filarmónica de Valencia, de la que es director honorífico. Llegaba a Gajano, al taller de los hermanos Portilla, después de un largo periplo que le había llevado por Francia, Alemania y Holanda, buscando el sonido perfecto.

Maazzel, uno de los directores de orquesta más importantes del mundo, llegó hasta el artesano Abel Portilla, recomendado por el director de la Orquesta Filarmónica de Euskadi, para la que había hecho un carrillón, y cuyo sonido le había parecido «simplemente perfecto». Abel Portilla es el único artesano que hay en Cantabria y posiblemente el único que queda en España.

Llegó Lorin Maazzel, acompañado de los músicos de percusión de la orquesta de Valencia, «y cuando escucharon nuestras campanas nos dijeron que eran los sonidos más armónicos que habían oído nunca». Abel, cuya presencia física presenta una rudeza que nada tiene que ver con su espíritu elegante y sensible, no se lo creyó del todo: «Le pregunté al chófer si era verdad y me dijo que sí, que habían recorrido media Europa buscando unas campanas con la sonoridad que él precisaba».

Maazzel no quería saber «nada de las campanas que fabrican los chinos y me contó que había viajado a África para estudiar la percusión en algunas tribus. Yo pensé que si estaban chiflados, o si no entendían de música, para acabar en un pueblo de Cantabria, pero él quería encontrar un sonido de campana puro, sin que fuera plano, como el que ofrecían mis campanas».

El sonido «perfecto»

Las campanas son necesarias para interpretar algunas piezas de música clásica, especialmente rusa, y el percusionista las toca con un mazo de madera. Le encargaron seis, tres de ellas peculiares. Su transporte, de una a otra localidad, para dar un concierto, se hace en camiones, «como estas orquestas tienen mucho poder económico, no tienen problemas para moverlas».

Con destino inicial el Palau de la Música y las Artes de Valencia, se construyeron tres campanas: una grande, en nota 'Mi', de 1.150 kilos de peso y un diámetro de boca de 1.250 milímetros; una mediana, en nota 'Sol', de 640 kilos y un diámetros de boca de 1.038 milímetros, y una pequeña, en nota 'Do', de 263 kilos y una boca de 774 milímetros. El encargo costó siete millones de pesetas y el propio Maazzel vino a comprobar, antes de llevárselas, si sonaban como él había imaginado.

Abel Portilla es quien afina las campanas -aunque tiene una evidente sordera- «he aprendido a afinarlas por intuición. Jamás he estudiado música, pero sé perfectamente cuando una campana tiene un sonido perfecto». No quiere ni oir hablar de campanas de producción industrial, todo su proceso es exclusivamente artesano, «y cuando una campana me sale perfecta me da igual que no se la lleven, me basta con el placer de escucharla».

Hizo la que el Gobierno de Cantabria le regaló a los Príncipes de Asturias con motivo de su enlace. Las principales iglesias y catedrales tienen campaniles con su firma. ¿La más grande?, «la de la catedral de Sigüenza, que pesa casi 5.000 kilos». ¿Su reto?, «construir la campana más grande de España, de 20.000 kilos y que supere los 18.000 de la de Toledo». ¿Las que mejor suenan?, «las de la catedral de Santander».

Mientras, da forma a su jardín de las campanas en una propiedad suya, en Vierna, donde recibe el apoyo de su alcalde, Evaristo Domínguez, y donde cada año hay un concierto nacional de campanas.


















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