YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Hoy es la festividad de la Virgen de la Cama en Escalante



Escalante, pueblo de nuestra provincia situado en la comarca de Trasmiera, celebra hoy con gran solemnidad la festividad de la Virgen de la Cama, su Patrona.Vamos a recordar la historia de esta venerada imagen de Nuestra Señora:
Se venera la Virgen de la Cama en el Convento de monjas clarisas de San Juan de Monte Calvario. Fue erigido el Convento a expensas de un hijo benemérito de Escalante, don Juan del Castillo y Sáiz del Río, fundándole el 30 de enero de 1.618 la madre Sor Juana de San Juan Evangelista, Sor María Gabriela de la Anunciación, Sor Mariana de San Juan Bautista y Sor Catalina del Espíritu Santo.

Profesaban estas Religiosas una especial devoción a la Virgen y, no teniendo en los comienzos de la fundación imagen alguna en que materializar su amor a la Reina del cielo decidieron, de común acuerdo, procurarse una que satisficiese sus ambiciones.

La imagen fue encargada por la Comunidad a un escultor de Valladolid, donde la Superiora Sor Juana había tomado el hábito y donde residían sus padres don Luis de Morillas y doña Margarita Flórez, personas nobles, pudientes y bien relacionadas, quienes interpusieron todo su valimiento para conseguir una verdadera joya artística.

No sabemos el nombre del escultor, pero sí que talló dieciséis años más tarde otra muy semejante, aunque bastante inferior, venerada hoy en Zamora; las únicas que sepamos, junto con otra que posee el Convento de las Comendadoras de Santiago, expuestas a la veneración de los fieles en esta forma.

Llama poderosamente la atención de personas poco versadas el color tan encendido con que el artista realzó la expresión de la cara. Fue no obstante uno de sus aciertos y teológicamente bien fundamentado.

Representa la escultura el momento en que la Madre de Dios deja este mundo para gozar las bienaventuranzas celestiales. La muerte de la Virgen no pudo ser efecto del pecado, puesto que no contrajo ni el original siquiera y esto desde el primer instante de su Concepción Purísima. La verdadera causa de su Tránsito fue el amor, el deseo ardiente, la caridad.... Lo que plasmó el artista con el color subido de su tez divina.

Está esta imagen de Escalante vestida, reclinada en un lecho, juntas sobre el pecho las manos, los ojos fijos en el cielo, el rostro arrebolado en el amor del Hijo, cubierto el cuerpo hasta los pies y, estos, envueltos en desnudas sandalias.

Es un a escultura perfecta, digna de la escuela de cualquiera de nuestros mejores imagineros. Las Religiosas hicieron oración durante nueve días rogando al Señor diera acierto a la artífice que la tallaba y, a fe, que se le dió bien cumplido. Llegó la imagen al Convento en 1.638 y fue colocada en el coro alto del mismo.

Desde este momento la historia de la imagen, del Convento y de la villa se funden hasta formar una sola unidad y, desde entonces, comienza una serie de hechos, si no milagrosos en su totalidad, sí al menos, providenciales y maravillosos.

Poco avenidos el Rey Cristianísimo y su Ministro Richelieu con el esplendor de los Austrias y España, tratan por todos los medios de humillarlos, aunque de rechazo dañen la cristiandad y no pocas veces, política seguida ya por algunos de sus antecesores, aliándose con turcos y herejes y, mientras las armas españolas luchan en Alemania, Italia y los Países Bajos, determinan traer la guerra dentro del territorio español. Tres cuerpos de Ejército al mando del Príncipe de Codé convergen en San Juan de Luz, pasan el Bidasoa y penetran en Irún, haciendo retirarse a los pocos españoles que defienden el paso del río. Tomado fácilmente el fuerte de Figuier y el puerto de Pasajes y, reforzados por el Marqués de la Force, ponen sitio a Fuenterrabía en julio de 1.638. Surtíanla, sin embrago, las lanchas que iban de San Sebastián y, para impedir estos socorros, preséntase una flota francesa el 20 de agosto, al mando del Arzobispo de Burdeos. Otra flota que los españoles juntaban para seguir auxiliando la plaza fue embestida por el Prelado en Guetaria y echados a pique o incendiados todos los galeones. No por esto decayó el ánimo de la guarnición y, temiendo el Príncipe francés un ejército que el Almirante de Castilla está reunido para atacarle, apresura las obras de mina, pero el Marqués de Gesbres, que se sitúa bajo tiro de cañón, tiene que retirarse herido de bala en la cabeza y el Duque de la Valette, que logra abrir una pequeña brecha, es rechazado también con grandes pérdidas. Entonces el de Condé encomienda el asalto al Arzobispo, quien, con todas sus tropas de marina, llega por un momento a lisonjearse de hacerse dueño de la plaza. Un ataque de los españoles en su mismo campo frustró sus esperanzas. La línea que en el cuarto de Guadalupe aguarda el Marqués de Force, es asaltada por la infantería española mandada por el Marqués de Mortara, quien penetra en el campamento francés, degollando a cuantos se ponen al paso y obligando al Arzobispo a reembarcar y a repasar la frontera las restantes tropas, que no paran hasta Bayona, creyendo a cada instante sentir sobre sus espaldas las espadas españolas. Ocurría esto en septiembre de 1.638.

Decidido el arzobispo a tomar el desquite, prepara una fuerte armada en Bellisle sur Mer, dotada abundantemente de hugonotes franceses, protestantes y aventureros holandeses y flamencos y sale a hacer la guerra en corso por el Golfo de Vizcaya, llegando su atrevimiento a presentarse ante la costa de La Coruña, desde escribe desafiando a don Lope de Hoces, general de una escuadra del Reino de España que asiste en La Coruña. Cuatro días más tarde, el 20 de junio de 1.639 le contesta el valeroso don Lope y, no mucho después, les hace abandonar las costas españolas. Pero, terco el bulliciosos Arzobispo, y herido por los sufridos descalabros más que por las razones expuestas por don Lope en su contestación, decide atacar donde la falta de fortificaciones dé más lugar a la sorpresas y haga el botín más barato, y el jueves, 11 de agosto de 1.639, aparece con veinte navíos grandes sobre Quejo a la vuelta de norueste. Había salido de Portugalete el domingo anterior el General don Nicolás Judice Fiesco con dos navíos para juntarse en Santander con otros cinco que, al mando del almirante Jerónimo de Guadalupe, debían reforzar en La Coruña la escuadra bajo las órdenes de don Lope de Hoces y Miguel de Horna. No esperó Guadalupe al General por no llevar superior y, Judice, por consejo de Domingo de Santander, natural de Laredo, piloto mayor de altura, enfila la ría de Santoña. Ante el posible peligro de los navíos del Arzobispo avistados, ordena el Capitán Juan de Marchena comenzar apresuradamente algunas obras de fortificación; pero el viernes 12, creyendo la alarma injustificada por haber desaparecido los navíos de Quejo, se abandona la idea de fortificarse y, sólo por propia conveniencia, se meten los dos navíos por la noche, al subir la marea, hasta muy cerca del convento del Hano. El sábado, a las nueve de la mañana se descubrió nuevamente y reconoció la armada enemiga a seis leguas de Santoña. Cunde la alarma por todos los pueblos de la ría y, el Guardián de Montehano notifica a la abadesa de Escalarte que, por temor a los herejes, si oyese tocar a rebato la campana del Convento, salga del suyo y procure defender siquiera la vida de las Monjas. El propio sábado, a las tres de la tarde, entra en el puerto de Santoña la armada francesa compuesta de 33 navíos de 600 toneladas, 20 de 300, 8 fragatas, 6 navíos de fuego, muchas pinazas, lanchas y chalupas que pasaban de 120 y , la capitana, de 1.000 toneladas donde venía el Arzobispo y el Conde de Tonerre. El domingo 14, a las once de la mañana, atacan a los dos navíos españoles y desembarcan en Colindres, marchando sobre Laredo y haciendo otro desembarco a la una de la tarde en el puerto de Escalarte. Suena la campana de Montehano y las Monjas de Escalarte salen huídas al monte, entre el pánico de los vecinos que las acompañan y socorren. Algunos vecinos, no obstante, más belicosos o más decididos creyeron más eficaz dar favor a las Religiosas y al pueblo haciendo frente a los invasores y, en una refriega en la Ribera dieron muerte a un sobrino del Arzobispo. Hasta el sábado 27, permaneció la Armada en la bahía, mientras sus tripulantes se dedicaban a incendiar Laredo, Santoña, Colindres, Argoños y Escalante y otros tantos fueron los que las Monjas debieron permanecer dispersas por la Merindad de Trasmiera.

Durante estos siete días Escalarte es saqueado e incendiado, siendo destruído en sus dos terceras partes, y quedando la Imagen de la Virgen de la Cama maravillosamente intacta.

¿Fué que las Monjas, como cuenta una tradición, lograron esconderla en una cueva secreta (secreto que sólo guarda la Comunidad) y donde, más tarde, volvió a ser escondida al tiempo de la invasión napoleónica? ¿Fué un hecho milagroso?

Gran dicha fue que el Arzobispo y el General francés se encontrasen el 15 en el Convento de Laredo con su guardián, el enérgico y hábil Fr. Juan de Mundaca, quien pudo conseguir, en fuerza de buenas razones, después de la Misa que les dijo un “espuchevo”se montase una guardia permanente con los pocos católicos que con ellos venían, a la entrada de todos los conventos e iglesias, para evitar la profanación y el despojo sacrílego. Por fortuna el Convento de Escalante fue guardado por algunos caballeros Sanjuanistas que en su guardia personal traía el Arzobispo.

El hecho se tuvo por milagroso y como una protección especial de la Virgen de la Cama al convento ya al pueblo en el que se creyó vengaría el Arzobispo la muerte de su sobrino.

Rogóse entonces a las monjas dejasen la Imagen en sitio donde pudiera ser vista, a lo menos alguna vez cada año y la Comunidad accedió a sacarla del 15 al 24 de agosto al presbiterio de la capilla.

Bien pronto experimentaron los vecinos la protección de Madre tan cariñosa, venerada con tan ardiente fe. En la segunda década del siglo XVIII, un incendio destruye más de la mitad de la villa y, cuando las llamas, azotadas por el viento sur amenazan la total destrucción, acuden en su auxilio a la Virgen de la Cama, vira repentinamente el viento, síguese una lluvia intensa y, si no deja de abrasarse lo ya incendiado, no prenden las llamas en más edificios. A esto se añaden algunos casos de peste y gran parte de los que han quedado sin hogar se extienden por los contornos y propagan la devoción a su Virgen.

Surgen por doquier leyendas referentes a la Imagen, incluso llega a decirse (y fué de lo que con mejor fortuna se extendió y creyó), que la Imagen había llegado al Convento de modo misterioso; encontrándola las monjas al acudir a la llamada de la campanilla de la puerta, (campana que nunca se supo quién pudo tañer) sobre un carro de mulas de ignorada procedencia. Quizá en esto tuviera alguna influencia la verídica historia de la Virgen Bien Aparecida, ocurrida en el alto de Somahoz apenas un lustro antes de la llegada al convento de Escalante de la Virgen de la Cama.

Extendida así grandemente la devoción a esta Imagen y alimentada no poco por los favores que a toda la comarca dispensaba, no siendo despreciable el número de vocaciones religiosas que despertaba por todo Trasmiera y que, en gran parte, acudían al convento de Santa Clara, no ha de extrañar el ahínco con que los hijos de Escalante se propusieron tener continuamente a la vista la venerada Imagen. A tal efecto se elevaron súplicas a la Comunidad y ésta acordó construir un camarín en la parte central del retablo sobre el altar mayor. Quedando la Virgen amparada por una vistosa mampara de cristal, dentro del convento y a la vista del público que acudiese a la capilla. Solventadas algunas dificultades surgidas y acondicionando el camarín con la generosidad característica de los devotos de la Imagen, fue trasladada al mismo el 26 de julio de 1.789, siendo abadesa la Madre Josefa de San José y Escadajillo. Últimamente fué reparada la mampara por D. Urbano Agüero y Cagigas.

No volvió, por entonces, a salir la Imagen del Convento, pero en 1.808 o más probablemente a principios de 1.809, tuvieron necesidad las religiosas de esconderla para evitar el despojo de los soldados del general Merle. Bien acondicionada en una caja de madera de roble, bajo sellos y llave, se trasladó ocultamente a una cueva, distante unos mil metros del Convento. Quizá debido a la humedad en tanto tiempo de destierro (cerca de tres años) saltó un puntito la pintura hacia la parte externa de la fosa nasal de la derecha, lo que la fantasía popular atribuyó a una zarza del lugar en que fue escondida.

Por esta época, 1.829, ocurrió un hecho del que aún se conserva vivo el recuerdo en la Comunidad. El Capellán del convento abandonó secretamente el rebaño a él encomendado y se dirigió a Santander, para embarcar en su puerto como misionero. No pudiendo hacerlo de tarde, como esperaba, se retiró a un mesón para pasar la noche, donde, luchando entre su deber de Capellán y su deseo de misionero, mientras pedía luz al Cielo para que le iluminase con su voluntad, se le apareció la Virgen, tal y como se encontraba en su camarín, reprochándole maternalmente: “¡Tú te vas! Y ¿quién cuidará de aquellas hijas?”

El año 1.855 marca un jalón brillante en la historia de la Virgen de la Cama. Estaba a la sazón toda la comarca azotada por una gran epidemia de cólera morbo. Las defunciones se cuentan por el número de atacados. Los vecinos de Escalante están consternados y no pueden esperar remedio humano alguno. Entonces vuelven la vista al Cielo y suplican el favor de la Virgen. Se reúnen en la Casa de la Villa y, entre fervorosas plegarias, hacen voto perpetuo para sí y sus descendientes de sacar en procesión por las calles del pueblo a la Virgen de la Cama y a la imagen de San Roque, que se venera en una pequeña ermita cerca del convento. Ocurría esto en la mañana del 22 de agosto del citado año 1.855. Acuden los vecinos al convento, precedidos de los concejales más caracterizados y distinguidos por su fe ardiente y amor a la Virgen: Ambrosio José Cagigas, Domingo Samperio, Pedro Jado Agüero, Luis Cubillas..., exponen a la Comunidad su pretensión y, cantando el Rosario, recorren las Imágenes las calles más principales del pueblo, entre el fervor de sus habitantes y los gritos de júbilo y acción de gracias, al comprobar en el acto la desaparición del terrible azote.

Tres epidemias de cólera se conocen en la comarca. La primera de que tenemos conocimiento, aunque no sepamos nada de su desarrollo en la villa, tuvo lugar en agosto de 1.834, cebándose el mal especialmente en Santander, donde se hacen rogativas públicas con asistencia de las Autoridades los días 16, 17 y 18 de este mismo mes. La peste había invadido anteriormente los pueblos orientales de la provincia. La segunda epidemia aparece en la capital el 8 de octubre de 1.854 y se propaga después por la provincia. La tercera que se va incrementando por el verano de 1.882, se extiende a casi toda la provincia. Coincide en Escalante con la renovación del voto hecho por el vecindario en la peste de 1.855 y, si bien parece darse algunos casos aislados, no se encuentra ninguna defunción producida por el mal.

Durante el tiempo de nuestra última guerra civil, sufrió la Virgen de la Cama, entre agosto de 1.936 y el mismo mes de 1.937, la expoliación brutal de todas sus alhajas y ropas, pero la Imagen logró conservarse en perfecto estado.

Actualmente, como es tradicional y, cumpliendo el voto de 1.855, el 21 de agosto de cada año acude el pueblo a la portería del convento. El Alcalde, al frente de la Corporación municipal, en nombre del vecindario, pide a la Comunidad la Imagen de la Virgen y, entre los cantos del “Magnificat” y la devoción de los fieles, es depositada la Imagen en el presbiterio del altar mayor. El día 22, ya muy de mañana, se pueblan los alrededores del convento de multitud de romeros que acuden al Santuario en tono de súplica o acción de gracias y, a la tarde entre inmeso gentío, es sacada procesionalmente por las calles de la villa. Cantan los fieles el Rosario, cohetes y campanas entonan un himno triunfal y, un grupo de jóvenes, ataviados con vistosos trajes, bailan una danza rítmica (la danza de las lanzas), mitad religiosa, mitad guerrera, de un sabor ancestral muy marcado, pero estilizada en los primeros años del siglo XVIII y con reminiscencias muy marcadas de los seise sevillanos.

El día 25 vuelven las Autoridades a la Comunidad la Imagen venerada y, expuesta en su camarín, recibe diariamente las súplicas y la devoción de sus fervientes hijos de Escalante.



NOTA: Texto escrito por Carlos Xavier de Baranda con motivo del primer centenario de Nuestra Señora la Virgen de la Cama en agosto de 1.955

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