YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Elegía del arenque...




Aquellas barricas de sardinas arenques 



Eran arenques, pero les decíamos sardinas arenques. Me encuentro ahora, en la gran superficie del supermercado, como un monumento de la exquisitez, o como una promoción comercial, solitaria, monumental, sobre un pedestal que hasta paño reverencial tiene, la barrica de sardinas arenques. Es la misma madera de la barrica que servía a los niños gaditanos para imaginarse por días de Carnaval que llevaban por lo menos el bombo de la chirigota de don Ramón (Fletilla) o de la comparsa de Paco (Alba), la que evocó Antonio Martín cuando sacó Los trotamúsicos:

Este pito de caña tuvo la culpa

de que yo te quisiera

pá no irme nunca,

este pito de caña y esta barrica...

Barrica de sardinas arenques que nos servía a los niños sevillanos para organizar con ellas candelás en los fríos descampados del invierno, imaginándonos que éramos indios de la tribu de Gran Toro Sentado, un toro que no se parecía en nada a la cabeza de toro que había en la carnicería, de la que siempre nos decían:

-- Ese es el toro que mató Faíco...

Y no era ni mucho menos el toro que mató Faíco, pero que nos hacía pensar en aquella cabeza de toro de la carnicería el día que, cosa rara, tocaban bisteles en la comida y los bisteles, como mandaba su precio, estaban duros como una suela, por lo que siempre decían, nunca me expliqué por qué:

-- Este bisté está más duro que el toro que mató Faìco...

Toido estaba duro. Si duro el raro bisté de las grandes ocasiones, más algunas veces el arroz que con tanto amor preparaba los domingos la madre, titulado solemnemente arroz con pollo por aquello de que tenía higadillos y alitas y otros consuelos de nuestra escasez. Y era ella misma la que nos decía:

-- No debéis de protestar, porque sé que el arroz me ha salido hoy duro...

--- ¿Como el toro que mató Faíco?

--- No, eso es la carne, el arroz es otra cosa...

Era mágica la barrica de sardinas arenques. Como un redondo sol que tuviera dentro la olorosa plata de la salazón. Con aquellos nervios de juncos que iban bordeándola para abrazar sus duelas. Los dos tonos de la madera. La blanquecina madera de las duelas de la barrica y la madera color caoba de aquellos gruesos juncos de los nervios que las unían. Miro ahora en el supermercado la barrica de nuestros recuerdos de la tienda de comestibles del barrio, del almacén de ultramarinos, del comercio de coloniales... Qué bellas palabras: ultramarinos, coloniales... El mundo de la mar de los tebeos, de las novelas de Emilio Salgari, de la película de La Isla del Tesoro... Coloniales con los babis de crudillo de los dependientes, ultramarinos con aquellos prodigios del mostrador: la cizalla para cortar el bacalao, la máquina para llenar las botellas de aceite a granel, el largo, ceremonial cuchillo del jamón que se compraba para los que estaban enfermos del pecho y en tan exiguas cantidades que los cortaban con un rito:

--- Luis, dame cien gramos de jamón, que está mi niño malo...

No había de nada. No había ni alegría. He visto la barrica de sardinas arenques en el supermercado y me he acordado de aquellas tristezas, de aquellas hambres, de aquellas oscuridades, qué bombillas más lánguidas teníamos en las casas, ¿no íbamos a necesitar gafas en Segundo de Bachillerato?, si nos dejábamos los ojos abajo aquellas bombillas de filamento incandescente, rojo. Ahora se mira una bombilla y se ve luz. Entonces se miraba una bombilla y se veía el rojo filamento mortecino, inundando de tristeza aquel comedor del mantel de hule sobre la mesa del brasero, de la tira gomosa que, como una columna salomónica en torno al cable de la sola bombilla de la luz, apresaba a las moscas en su liria insecticida. Y olía a arenque. La casa olía por las escaleras a coles de cocido, a sardinas arenques. A estas sardinas que ahora están en el supermercado como un lujo. Me paro a observar. Llega una familia, el carrito lleno hasta los bordes, y los niños se paran a mirar aquello, creyéndose, no sé, por lo menos ante un platillo volante con extraterrestres de la mar, y le preguntan al padre:

--- Papá, ¿qué es esto?

--- Eso son sardinas arenques, hijo...

--- ¿Y qué son?

--- Pues anda que no he comido yo sardinas arenques...

Nos hemos comido océanos enteros de sardinas arenques. El papel de estraza, el quicio de la puerta, el chasquido, hasta nos divertíamos con aquel olor a sal de nuestra hambre. Si nuestras gargantas están fuertes, es de la cantidad de raspas de sardinas arenques que durante generaciones tuvieron que hacer pasar:

--- Come pan, hijo, para echarla para abajo...

Y comíamos el pan, y todo era muy triste, bajo la bombilla del rojo filamento, donde el olor de la salazón se mezclaba con el de las coles chapoteando en la olla. Me consuelo pensando que quizá fuera necesario que comiéramos tantas sardinas arenques para que los niños puedan ahora preguntar qué es esa barrica del supermercado:

--- Pues anda que no he comido yo sardinas arenques, hijo...
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