Eduardo Rosales, es un pintor español nacido en Madrid a comienzos del siglo XIX; se formó durante el Eclecticismo español. Muerto a los treinta y seis años, la brillante carrera de Rosales prometía una obra de enorme calidad. Iniciado en la pintura de Historia propia del Eclecticismo, evolucionó del rígido academicismo exhibido en el Testamento de Isabel la Católica hacia la ligereza del pigmento y la pincelada fluida del Impresionismo, como se aprecia en sus abundantes estudios, bocetos y acuarelas. Una parte importante en su evolución se produjo en un viaje por Italia, que le descubrió la importancia de la luz solar y sus efectos sobre la materia, un descubrimiento que aplicó en la superficie blanda y húmeda de su último cuadro, Saliendo del Baño del Museo del Prado. El principal valor de este lienzo, que es su espontaneidad y su aspecto abocetado, no se sabe si atribuirlo a una evolución hacia la libertad de estilo o a que realmente quedó incompleto con su muerte.
YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.
sábado, 5 de diciembre de 2009
viernes, 4 de diciembre de 2009
Jenócrates
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Mundo clásico

1. Jenócrates, hijo de Agatenor, fue natural de Calcedonia, y discípulo de Platón desde sus primeros años, y lo acompañó a Sicilia. Era tardo de mente, tanto que Platón, comparándolo con Aristóteles, cuentan que dijo: «El uno necesita de acicate; el otro de freno». También: «¡Para qué caballo unto un tal asno!» Por lo demás era Jenócrates de rostro grave y severo, de manera que Platón solía decirle: «Sacrifica a las Gracias, Jenócrates». Por lo ordinario habitó en la Academia. Si alguna vez iba a la ciudad (261), dicen que todos los tumultuantes y alborotadores se apartaban del camino cuando pasaba él. Y que habiendo entrado en su casa con designio de solicitarlo la meretriz Friné, haciendo como que huía de algunos, como él la recibiese por humanidad, y no tuviese más de una cama, le cedió una parte de ella, como se lo suplicaba. Finalmente, cansada de rogarle satisfaciese su deseo, se fue sin conseguirlo. A los que la preguntaban de lo sucedido, decía: «Que ella no salía de estar con un hombre, sino con una estatua». Algunos dicen que sus discípulos le metieron a Laida en su cama; pero que él fue tan continente, que más quiso darse muchos cortes y aun fuego a sus genitales, que macularse.
2. Era tan veraz que, no siendo lícito entre los atenienses atestiguar sin prestar antes juramento, sólo a Jenócrates le fue el juramento condonado. Era frugalísimo; y habiéndole enviado Alejandro una gran suma, tomando sólo 3.000 dracmas (262) áticas, le remitió lo demás, diciendo «que necesitaba de más caudales quien había de mantener más gentes». Tampoco recibió el dinero que le envió Antípatro, según dice Mironiano en los Símiles. Habiendo sido condecorado con una corona de oro en un convite que hizo Dionisio en la fiesta de los congios (263), al salir del convite la puso a la estatua de Mercurio, ante quien solía poner otras de flores.
3 Dicen que fue con otros enviado embajador a Filipo, y que éste ablandó a los demás con regalos, convites y conversaciones; pero Jenócrates nada de esto hizo, y por esta causa no lo admitió Filipo. Vueltos a Atenas los embajadores, dijeron que en balde había ido con ellos Jenócrates; y cuando ya se le preparaba la pena, oyeron de él «que entonces más que nunca se había de precaver la república, pues Filipo había ablandado a los otros con dones, pero a él de ningún modo había podido doblarlo». Dicen que de esto le resultó duplicado honor; y aun Filipo dijo después que, de cuantos embajadores habían venido a él, sólo Jenócrates no había admitido regalos. Habiendo ido también embajador a Antípatro (pidiendo entregase los soldados atenienses hechos prisioneros de guerra en la batalla de Lamia), como lo convidase a cenar con él, pronunció los versos siguientes (264):
¡Oh, Circe! ¿qué varón prudente y cuerdo
podrá gustar comida ni bebida,
antes que a sus soldados libres vea?
De cuya prontitud admirado Antípatro soltó y remitió a los prisioneros.
4. Habiéndose retirado a su seno un pajarillo seguido de un sacre, lo acogió y lo libertó diciendo: «No se debe entregar a quien se humilla». Como Bión se burlase de él, le dijo: «Nada le responderé, pues tampoco se digna la tragedia responder a la comedia que la moteja». A uno que quería concurrir a su escuela sin haber antes aprendido música, geometría ni astronomía, le dijo: «Anda, vete de aquí, pues careces de las asas de la filosofía» (265). Otros escriben que dijo: «Aquí no curamos lana». Habiendo Dionisio dicho a Platón que alguno le cortaría el cuello, como se hallase allí Jenócrates, mostró el suyo diciendo: «Nadie cortará aquél antes que a éste». Dicen que una vez al partir Antípatro para Atenas se despidió de él, y que no le respondió hasta concluir el discurso que estaba haciendo. Como era sumamente modesto y enemigo del fausto, pasaba muchas veces los días meditando, y aun destinaba, según dicen, una hora al silencio.
5 Dejó muchos escritos en verso y muchas paréneses, que son como se sigue: seis libros De la naturaleza; seis De la sabiduría; uno De la riqueza; otro titulado Arcas; otro Del infinito; otro Del niño; otro De la continencia; otro De lo útil; otro Del libre; otro De la muerte; otro De lo espontáneo; dos De la amistad; uno De la equidad; dos De lo contrario; dos De la felicidad; uno Del escribir; otro De la memoria; otro De la mentira; otro titulado Calicles; dos De la prudencia; uno De la economía; otro De la templanza; otro De la fuerza de la ley; otro De la República; otro De la santidad; otro De que la virtud es enseñable; otro Del ente; otro Del hado (266); otro De las pasiones; otro De las Vidas; otro De la unanimidad; dos De los discípulos; uno De la justicia; dos De la virtud; uno De las especies; dos Del deleite; uno De la vida; otro Del valor; otro Del uno (267); otro De las ideas; otro Del Arte; dos De los dioses; dos Del alma; uno De la ciencia, otro titulado El Político; otro De la pericia (268); otro De la Filosofía; otro De Parménides; otro titulado Arquedemo, o sea, De la justicia; otro De lo bueno; ocho De las cosas intelectuales (269); once De la solución (270) de las cosas tocantes a la Oratoria; seis Acerca de la Física; uno titulado Capítulo; otro De los géneros y especies; otro De los dogmas pitagóricos; dos De soluciones; ocho De divisiones; treinta y tres (271) libros de Conclusiones y catorce Del modo de disputar. Además de esto escribió otros quince libros, y otros dieciséis más; otros nueve acerca de las Disciplinas sobre que versa la Lógica (272); seis De las Matemáticas; otros dos libros Acerca de las cosas mentales; cinco libros De Geometría; uno de Comentarios; otro De Contradicciones; otro De Aritmética; otro De la teórica de los números; otro De los intervalos; seis De Astrología; Elementos a Alejandro sobre el reinar; cuatro libros A Aruba, A Efestión; más dos libros De Geometría en 345 versos (273).
6. No obstante que era tal Jenócrates, lo vendieron una vez los atenienses por no haber podido pagar el impuesto de vecindario (274). Comprólo Demetrio Falereo, y ocurrió con ello dos cosas, pues restituyó la libertad a Jenócrates y satisfizo el impuesto a los atenienses. Refiérelo Mironiano Amastriano en el libro I de sus Capítulos históricos semejantes. Sucedió a Espeusipo, y dirigió la escuela veinticinco años, bajo de Lisímaco, habiendo comenzado hacia el año segundo de la Olimpíada CX. Murió de noche, habiendo tropezado en un barreño, ya a los ochenta y ocho años de edad. Mis versos a él son éstos:
En un cuenco de cobre tropezando,
cayó e hirió Jenócrates su frente.
Ay de mí, clamó en grito, y murió luego
el varón que era un todo, y para todos.
7. Hubo seis Jenócrates (275): uno escritor de táctica, muy antiguo, pariente y conciudadano de nuestro filósofo. Corre una oración suya titulada Arsinoética, escrita en la muerte de Arsínoes. Otro, filósofo, escritor elegíaco no muy estimado. Así sucede, pues si los poetas quieren escribir prosa les sale bien, pero si los prosista se meten en la poesía, tropiezan. Esto es constante, como que lo uno es obra de la naturaleza, lo otro del arte. Otro Jenócrates hubo estatuario, y otro que, según Aristoxeno, escribió odas.
__________
(261) De Atenas.
(262) Suplo la voz dracmas, como dije en otro lugar.
(263) Por χατασχοϋσι parece debe leerse Χοϋσι, congios. Éste es el parecer de Menagio, y así se halla escrito en el Timeo de Platón, en Ateneo y Eliano. Podrá verse Juan Meursio en su Groecia feriata y en otras obras suyas. El chóas o chus era igual en cabida al congio romano, medida de cosas líquidas. Contenía diez libras romanas de agua, capacidad igual a la de medio pie cúbico romano o geométrico, y vendría a ser unas 120 onzas nuestras de agua común.
(264) Son de Homero, lib. X, Odis., v. 363.
(265) Quiso decirle: No tienes con qué agarrarla.
(266) Περί έιμαρμένης.
(267) Περί τοΰ ένός.
(268) Περί έπιοτημοσύνης.
(269) Τών περϊ τήν διάνοταν.
(270) Λύυις τών περϊ τούς λόγους.
(271) El texto tiene aquí por número χ΄ μ΄ γ΄ que deben sumar 63. Así, no comprendo la razón de hallarse 33 en todas las versiones que he registrado. El número siguiente está figurado así: ιέ, μ΄, α΄, β, ψ΄, μ΄; bien que la edición de H. Estéfano, por ιδ que vale 15, pone ιδ΄ que es 14, a que corresponden las versiones. Los otros dos números ιέ, 15, y ιί, 16, van conformes.
(272) περί τήν λήξιν λογιχών, puede también significar: De la dicción retórica u oratoria.
(273) El número es μ΄χ΄β΄δ΄σ΄λ΄θ΄, cuyo valor sumado es 305.
(274) Este derecho o tributo eran 12 dracmas anuales los hombres y seis las mujeres que de otros países se viniesen a establecer a Atenas. Quien no podía pagar era vendido. Es creíble que Jenócrates debiese algunas pagas del impuesto; pues ¿quién sería tan pobre que no pudiese pagar 24 reales que vendría a importar una anualidad? Véase Suidas, v. Μετοίχιον.
(275) Debiera decir cinco, incluso el presente; y no incluso, cuatro. Las palabras γεγόνασι δέ χαί αλλόι Ξενοχράτεις ς΄ excluyen al presente, diciendo hubo dos Jenócrates. Así, es muy probable que el texto esté corrupto y falto de algún período que nombrase otros dos Jenócrates; pues en los números no puede haber error, estando en los códices escrito con letras, y no con cifras de guarismo.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Festividad de San Francisco Javier
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El santo de hoy

San Francisco Javier. Misionero Año 1552
Francisco Javier: maravilloso misionero; pídele a Dios que conceda un espíritu como el tuyo a todos los misioneros del mundo.
Piensa en el final de tu vida y evitarás muchos pecados (S. Biblia Ecl. 7, 36).
Francisco Javier: maravilloso misionero; pídele a Dios que conceda un espíritu como el tuyo a todos los misioneros del mundo.
Piensa en el final de tu vida y evitarás muchos pecados (S. Biblia Ecl. 7, 36).
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El Papa Pío X nombró a San Francisco Javier como Patrono de todos los misioneros porque fue si duda uno de los misioneros más grandes que han existido. Ha sido llamado: "El gigante de la historia de las misiones". La oración del día de su fiesta dice así: "Señor, tú has querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera religión por medio de la predicación de San Francisco Javier...". Esto es un gran elogio.
Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años recorrió la India (país inmenso), el Japón y varios países más. Su deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: "si no consigo barco, iré nadando". Fue un verdadero héroe misional.
Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier, en el año 1506. Era de familia que había sido rica, pero que a causa de las guerras había venido a menos. Desde muy joven tenía grandes deseos de sobresalir y de triunfar en la vida, y era despierto y de excelentes cualidades para los estudios. Dios lo hará sobresalir pero en santidad.
Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró con San Ignacio de Loyola, el cual se le hizo muy amigo y empezó a repetirle la famosa frase de Jesucristo: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?" Este pensamiento lo fue liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y vanidad, y lo fue encaminando hacia la vida espiritual. Aquí se cumplió a la letra la frase del Libro del Eclesiástico: "Encontrar un buen amigo es como encontrarse un gran tesoro". La amistad con San Ignacio transformó por completo a Javier.
Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas. Ordenado Sacerdote colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar catecismo y predicar en Roma y otras ciudades.
El Sumo Pontífice pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a misionar en la India. Fueron destinados otros dos, pero la enfermedad les impidió marchar, y entonces el santo le pidió a Javier que se quisiera embarcar para tan remotas tierras. Él obedeció inmediatamente y emprendió el larguísimo viaje por el mar. En el barco aprovechó esas interminables semanas, para catequizar lo más posible a los marineros y viajeros. Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.
Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la India, Indostán, Japón y otras naciones. A pie, solamente con el libro de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos, obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio. Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo junto al sagrario, y después de dormir unas horas, seguía su oración. De vez en cuando exclamaba: "Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor". Con razón su palabra tenía efectos fulminantes para convertir. Era que llegaba precedida de muchas oraciones y acompañada de costosos sacrificios. Algunas noches no era capaz de levantar su mano derecha. Tan cansada estaba de tanto bautizar a los que se habían convertido con sus predicaciones.
La gente lo consideraba un verdadero santo y le llevaban sus enfermos para que los bendijera. Cuando se conseguían curaciones milagrosas, él consideraba que esto se debía a otras causas y no a su santidad, o a su poder de intercesión,
Desde 1510 Goa era una ciudad portuguesa en la India. Y allá puso su centro de evangelización nuestro santo (en esa ciudad se conservan ahora sus restos). A los portugueses se les había olvidado que eran cristianos y lo único que les interesaba era enriquecerse y divertirse. Así que tuvo el misionero que dedicarse con todas sus fuerzas y su gran ascendiente a volver fervorosos otra vez a aquellos comerciantes sin conciencia y sin escrúpulos (él decía en una de sus cartas: "estoy aterrado de la variedad tan monstruosa de acciones que tienen estos hombres para poder robar").
Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran amabilidad (a uno de sus compañeros le escribía: "hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables"). Estableció clases de catecismo para niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar. Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.
Por 13 veces consecutivas hizo larguísimos viajes por la nación enseñando la religión cristiana a esos paganos que nunca habían oído hablar de ella. Los de las clases altas (los brahamanes) no le hicieron caso, pero los de las clases populares se convertían por montones. En cada región dejaba catequistas para que siguieran instruyendo a la gente, y de vez en cuando les enviaba a algún jesuita para enfervorizarlos. Esas gentes nunca habían oído hablar de Jesucristo ni de sus maravillosas enseñanzas.
Francisco se esmeraba por asemejarse lo más posible a la vida pobre de las gentes que le escuchaban. Comía como ellos, simplemente arroz. En vez de bebidas finas sólo tomaba agua. Dormía en una pobre choza, en el suelo. Se ganaba la simpatía de los niños y a ellos les enseñaba las bellas historias de la S. Biblia, recomendándoles que cada uno las contara en su propia casa, y así el mensaje de nuestra religión llegaba a muchos sitios.
Visitó muchas islas y en cada una de ellas enseñó la religión cristiana. Sus viajes eran penosos y sumamente duros, pero escribía: "En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión". Podría repetir la frase de San Pablo: "Sobreabundo en gozo en medio de mis tribulaciones".
Dispuso irse a misionar al Japón pero resultó que allá lo despreciaban porque vestía muy pobremente (y en cambio en la India lo veneraban por vestir como los pobres del pueblo). Entonces se dio cuenta de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia. Se vistió de embajador (y en realidad el rey de Portugal le había conferido el título de embajador) y así con toda la pompa y elegancia, acompañado de un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien y le dieron permiso para evangelizar. Logró convertir bastantes japoneses, y se quedó maravillado de la buena voluntad de esas gentes.
Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china. Pero allá estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de San Cian, a 100 kilómetros de Hong – Kong, pero allí lo dejaron abandonado, y se enfermó y consumido por la fiebre, en un rancho tan maltrecho, que el viento entraba por todas partes, murió el tres de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A su entierro no asistieron sino un catequista que lo asistía, un portugués y dos negros.
Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su cuerpo incorrupto (y así se conserva). Francisco Javier fue declarado santo por el Sumo Pontífice en 1622 (junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y San Isidro).
Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años recorrió la India (país inmenso), el Japón y varios países más. Su deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: "si no consigo barco, iré nadando". Fue un verdadero héroe misional.
Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier, en el año 1506. Era de familia que había sido rica, pero que a causa de las guerras había venido a menos. Desde muy joven tenía grandes deseos de sobresalir y de triunfar en la vida, y era despierto y de excelentes cualidades para los estudios. Dios lo hará sobresalir pero en santidad.
Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró con San Ignacio de Loyola, el cual se le hizo muy amigo y empezó a repetirle la famosa frase de Jesucristo: "¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?" Este pensamiento lo fue liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y vanidad, y lo fue encaminando hacia la vida espiritual. Aquí se cumplió a la letra la frase del Libro del Eclesiástico: "Encontrar un buen amigo es como encontrarse un gran tesoro". La amistad con San Ignacio transformó por completo a Javier.
Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas. Ordenado Sacerdote colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar catecismo y predicar en Roma y otras ciudades.
El Sumo Pontífice pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a misionar en la India. Fueron destinados otros dos, pero la enfermedad les impidió marchar, y entonces el santo le pidió a Javier que se quisiera embarcar para tan remotas tierras. Él obedeció inmediatamente y emprendió el larguísimo viaje por el mar. En el barco aprovechó esas interminables semanas, para catequizar lo más posible a los marineros y viajeros. Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.
Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la India, Indostán, Japón y otras naciones. A pie, solamente con el libro de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos, obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio. Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo junto al sagrario, y después de dormir unas horas, seguía su oración. De vez en cuando exclamaba: "Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor". Con razón su palabra tenía efectos fulminantes para convertir. Era que llegaba precedida de muchas oraciones y acompañada de costosos sacrificios. Algunas noches no era capaz de levantar su mano derecha. Tan cansada estaba de tanto bautizar a los que se habían convertido con sus predicaciones.
La gente lo consideraba un verdadero santo y le llevaban sus enfermos para que los bendijera. Cuando se conseguían curaciones milagrosas, él consideraba que esto se debía a otras causas y no a su santidad, o a su poder de intercesión,
Desde 1510 Goa era una ciudad portuguesa en la India. Y allá puso su centro de evangelización nuestro santo (en esa ciudad se conservan ahora sus restos). A los portugueses se les había olvidado que eran cristianos y lo único que les interesaba era enriquecerse y divertirse. Así que tuvo el misionero que dedicarse con todas sus fuerzas y su gran ascendiente a volver fervorosos otra vez a aquellos comerciantes sin conciencia y sin escrúpulos (él decía en una de sus cartas: "estoy aterrado de la variedad tan monstruosa de acciones que tienen estos hombres para poder robar").
Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran amabilidad (a uno de sus compañeros le escribía: "hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables"). Estableció clases de catecismo para niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar. Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.
Por 13 veces consecutivas hizo larguísimos viajes por la nación enseñando la religión cristiana a esos paganos que nunca habían oído hablar de ella. Los de las clases altas (los brahamanes) no le hicieron caso, pero los de las clases populares se convertían por montones. En cada región dejaba catequistas para que siguieran instruyendo a la gente, y de vez en cuando les enviaba a algún jesuita para enfervorizarlos. Esas gentes nunca habían oído hablar de Jesucristo ni de sus maravillosas enseñanzas.
Francisco se esmeraba por asemejarse lo más posible a la vida pobre de las gentes que le escuchaban. Comía como ellos, simplemente arroz. En vez de bebidas finas sólo tomaba agua. Dormía en una pobre choza, en el suelo. Se ganaba la simpatía de los niños y a ellos les enseñaba las bellas historias de la S. Biblia, recomendándoles que cada uno las contara en su propia casa, y así el mensaje de nuestra religión llegaba a muchos sitios.
Visitó muchas islas y en cada una de ellas enseñó la religión cristiana. Sus viajes eran penosos y sumamente duros, pero escribía: "En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión". Podría repetir la frase de San Pablo: "Sobreabundo en gozo en medio de mis tribulaciones".
Dispuso irse a misionar al Japón pero resultó que allá lo despreciaban porque vestía muy pobremente (y en cambio en la India lo veneraban por vestir como los pobres del pueblo). Entonces se dio cuenta de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia. Se vistió de embajador (y en realidad el rey de Portugal le había conferido el título de embajador) y así con toda la pompa y elegancia, acompañado de un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien y le dieron permiso para evangelizar. Logró convertir bastantes japoneses, y se quedó maravillado de la buena voluntad de esas gentes.
Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china. Pero allá estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de San Cian, a 100 kilómetros de Hong – Kong, pero allí lo dejaron abandonado, y se enfermó y consumido por la fiebre, en un rancho tan maltrecho, que el viento entraba por todas partes, murió el tres de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A su entierro no asistieron sino un catequista que lo asistía, un portugués y dos negros.
Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su cuerpo incorrupto (y así se conserva). Francisco Javier fue declarado santo por el Sumo Pontífice en 1622 (junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y San Isidro).
miércoles, 2 de diciembre de 2009
España en la mesa: el cocido madrileño
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España en la mesa

Es el plato madrileño por excelencia. Hasta los monarcas más exigentes han sucumbido a los encantos de tan sabroso manjar. Y es que poca gente se resiste a un suculento cocido, regado con un buen vino y un pan recién hecho. Veamos el origen de tan popular guiso.
El cocido madrileño tiene su origen en la olla podrida. Este guiso al que ya se refería Cervantes en el Quijote («… aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y provecho…»), proviene de la época medieval, refiriéndose el término podrida o poderida a lo sustanciosa, contundente y alimenticia de sus poderosos ingredientes: la alubia roja y las carnes.
La olla podrida proviene a su vez de la adafina (de dafana: tapar), que era una judía que se preparaba los viernes para comer posteriormente el sábado, y respetar así el sabbat. Obviamente esta originaria receta Judía no contenía cerdo, siendo añadido el cerdo por cristianos y judios conversos.
Es un guiso apreciado y valorado por todas las clases sociales, aunque en algunos casos abunda más la carne que en otros. Carlos I y su hijo Felipe II eran grandes aficionados al puchero y en la época de Felipe III era un plato muy frecuente en la corte. Los Borbones gustaron también de tan nutritivo manjar, teniéndolo Fernando VI todo el año salvo los meses de verano. La infanta Isabel “La Chata” (hermana de Alfonso XII) era asidua al Restaurante “La Bola”.
Tan hondo ha calado este guiso en nuestra cultura, que hay variadas frases y refranes que muestran su sabiduría reflejándose en sus ingredientes. Veamos algunas:
Garbanzo Negro: Algo raro, extraño. Diferente al resto, principalmente por su maldad.
Garbancero: Persona tosca, bruta, soez.
Saltar como garbanzo en olla: El lugar a destiempo que ocupa un objeto pequeño colocado en medio de otro que es mucho mayor
Meter el garbanzo: Equivocarse
Este garbanzo faltaba en la olla: Manifiesta el placer que causa la llegada de una persona a quien se echaba de menos y que viene a completar la reunión.
Meter a uno el garbanzo en el cuerpo: Acobardar, amedrentar, atemorizar a alguien
Tropezar uno en un garbanzo: Encontrar dificultades, enfadarse por poca cosa
Echar garbanzos a uno: Incitarle a que diga lo que de otra forma callaría
Un garbanzo más no revienta la olla: Donde hay mucho, no importa un corto aumento (donde comen dos comen tres)
Hay diversos modos de cocinarlo, así como de servirlo, según sus ingredientes y la zona donde se haga. Existen varios tipos: maragato, de Lalín, pobre, escudella, montañés, gallego, gitano, colorao,… La versión madrileña se basa en un primer plato de sopa con fideos (también es frecuente la sopa de pan), un plato de garbanzos cocidos con verduras rehogadas (zanahoria, repollo, patata, nabo,…) y por último plato se presenta la fuente con la carne cocida y troceada (morcillo, tocino, chorizo, morcilla, jamón,…).
En época de carestía (y hoy en día también) las sobras del guiso dan para preparar al día siguiente nuevas sopas, ropa vieja, pringá de carne o los deliciosos garbanzos refritos.
Para finalizar, añadir que en Madrid es típica su presencia en los menús de los martes, aunque hay restaurantes especializados que lo sirven a diario. Las casas de comidas de visita obligada para disfrutar de este manjar y al tiempo vivir una experiencia inolvidable en el Madrid antiguo son:
La Bola (Bola, 5)
Casa Ciriaco (Mayor, 84)
Casa Lucio (Cava Baja, 35)
Casa Botín (Cuchilleros, 17)
historiademadrid.com
Las Cruzadas
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Europa aeterna

Las Cruzadas
Autor: LOUIS BRÉHIER
Las Cruzadas fueron expediciones emprendidas, en cumplimiento de un solemne voto, para liberar los Lugares Santos de la dominación mahometana. El origen de la palabra remonta a la cruz hecha de tela y usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esas iniciativas. Escritores medievales utilizan los términos crux (pro cruce transmarina, Estatuto de 1284, citado por Du Cange s.v. crux), croisement (Joinville), croiserie (Monstrelet), etc. Desde la edad media el significado de la palabra cruzada se extendió para incluir a todas las guerras emprendidas en cumplimiento de un voto, y dirigidas contra infieles, ej. contra mahometanos, paganos, herejes, o aquellos bajo edicto de excomunión. Las guerras emprendidas por los españoles contra los moros constituyeron una cruzada incesante del siglo XI al XVI; en el norte de Europa se organizaron cruzadas contra los prusianos y lituanos; el exterminio de la herejía albigense se debió a una cruzada, y, en el siglo XIII los papas predicaron cruzadas contra Juan Lackland y Federico II. Pero la literatura moderna ha abusado de la palabra aplicándola a todas las guerras de carácter religioso, como, por ejemplo, la expedición de Heraclio contra los persas en el siglo VII y la conquista de Sajonia por Carlomagno. La idea de la cruzada corresponde a una concepción política que se dio sólo en la Cristiandad del siglo XI al XV; esto supone una unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas. Todas las cruzadas se anunciaron por la predicación. Después de pronunciar un voto solemne, cada guerrero recibía una cruz de las manos del papa o de su legado, y era desde ese momento considerado como un soldado de la Iglesia. A los cruzados también se les concedían indulgencias y privilegios temporales, tales como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras, etc. De todas esas guerras emprendidas en nombre de la Cristiandad, las más importantes fueron las Cruzadas Orientales, que son las únicas tratadas en este artículo.
DIVISION
Ha sido habitual el describir las Cruzadas como ocho en número:
- Primera, 1095-1101;
- segunda, encabezada por Luis VII, 1145-47;
- tercera, conducida por Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, 1188-92;
- cuarta, durante la cual Constantinopla fue tomada, 1204;
- quinta, que incluyó la conquista de Damietta, 1217;
- sexta, en la que Federico II tomó parte (1228-29); así como Teobaldo de Champaña y Ricardo de Cornualles (1239);
- séptima, liderada por San Luis, 1249-52;
- octava, también bajo la dirección de San Luis, 1270.
Esta división es arbitraria y excluye muchas expediciones importantes, entre ellas las de los siglos XIV y XV. En realidad las Cruzadas continuaron hasta fines del siglo XVII, la cruzada de Lepanto ocurrió en 1571, la de Hungría en 1664, y la cruzada del duque de Borgoña a Candía, en 1669. Una división más científica se basa en la historia de las colonias cristianas en Oriente; por consiguiente el tema se tratara en el siguiente orden:
I. Origen de las Cruzadas;
II. Fundación de estados cristianos en Oriente;
III. Primera destrucción de los estados cristianos (1144-87);
IV. Intentos de restaurar los estados cristianos y la cruzada contra San Juan de Acre (1192-98);
V. La cruzada contra Constantinopla (1204);
VI. Las cruzadas del siglo XIII (1217-52);
VII. Pérdida final de las colonias cristianas de Oriente (1254-91);
VIII. La cruzada del siglo XIV y la invasión otomana;
IX. La cruzada en el siglo XV;
X. Modificaciones y persistencia de la idea de cruzada.
LOUIS BRÉHIER
Transcrito por Douglas J. Potter
Traducido por Oscar Olague
Enciclopedia Católica
martes, 1 de diciembre de 2009
Con buenas palabras
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Con buenas palabras
Sufre, pues por tí sufrí
Y cuanto adverso te viene
sabe que así te conviene;
pues todo nace de mí.
Mi bondad me puso aquí.
Tu ingratitud me clavó.
Nadie como yo sufrí.
Y como todo es por tu bien
bebe una gota, por quien
un cáliz por tí bebió.
Atribuído al Marqués de Comillas.
Fotos de Santander
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