YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

jueves, 12 de agosto de 2010

Demetrio de Falera

1. Demetrio, hijo de Fanostrato, fue natural de Falera y discípulo de Teofrasto. Habiendo hablado al pueblo ateniense, lo gobernó por espacio de diez años, y fue honrado de él con 360 estatuas de bronce, de las cuales muchas eran ecuestres y puestas en carros y vigas, ejecutadas todas en menos de 300 días con la mayor diligencia. Empezó a gobernar la república, según dice Demetrio de Magnesia en sus Colombroños, cuando Harpalo, huyendo de Alejandro, se fue a Atenas. Ordenó en su gobierno muchas cosas utilísimas a la patria, le aumentó las rentas y la ilustró con edificios, por más que él no era de sangre ilustre, pues según Favorino en el libro I de sus Comentarios, era de la servidumbre de Conón. Vivía con su ciudadana y noble amiga Lamia, como dice él mismo en el libro I; y en el II asegura que Cleón se sirvió de él para el nefando. Dídimo escribe en sus Convites que fue hermoso de cejas, y que cierta meretriz lo llamaba Lampeto. Dicen que habiendo perdido la vista en Alejandría, se la restituyó Sérapis. Con este motivo compuso himnos a Apolo que todavía se cantan. Siendo como era celebradísimo entre los atenienses, no obstante lo derribó la envidia, que todo lo devora, pues perseguido por asechanzas de algunos, fue sentenciado a pena capital hallándose ausente. No pudieron cogerlo; pero vomitaron su veneno en el bronce, derribando sus estatuas, de las cuales unas las vendieron, otras las sumergieron y otras las quebrantaron para hacer de ellas orinales, como dicen algunos. Solamente quedó libre una en la Roca. Favorino dice en su Historia varia que esto lo ejecutaron los atenienses por orden del rey Demetrio. Según el mismo Favorino, aun acusaron de ilegítimo su principado. Hermipo dice que después de la muerte de Casandro, por temor de Antígono, se fue a Tolomeo Sotero, y que habiendo estado allí mucho tiempo, aconsejó a Tolomeo entre otras cosas diese el reino a los hijos que había tenido con Eurídice; mas que no habiendo él asentido a ello, y dada la diadema al que tenía de Berenice, éste, después de muerto Tolomeo, tuvo a bien guardarlo preso en la provincia mientras deliberaba lo que debía hacer. Vivió allí muy caído de ánimo hasta que, estando dormitando un día, lo mordió un áspid en la mano y murió. Fue enterrado en la prefectura busiriense, junto a Diópolis. Yo le he compuesto los versos siguientes:

Mató al sabio Demetrio
un áspid venenoso,
no ya vibrando luces,
sino negros infiernos por los ojos.

2. Heráclides, en su Epítome de las sucesiones de Soción, dice que Tolomeo quiso ceder el reino a Filadelfo, pero él lo disuadió, diciéndole: «Si a otro lo das, tú no lo tendrás». Cuando lo acusaron en Atenas, faltó poco para ser también condenado el poeta cómico Menandro, no más que por ser amigo suyo; así lo he leído, pero lo excusó Telesforo, primo de Demetrio. En la multitud de libros y número de versos excedió a casi todos los peripatéticos de su tiempo, siendo igualmente el más docto y perito de todos. Sus escritos son unos de historia, otros de política, otros de poesía, otros de retórica, otros disertaciones dichas al pueblo, y otros embajadas. También tiene colecciones de discursos esópicos y muchas otras obras. Son, pues: cinco libros De las leyes de los atenienses; dos De los ciudadanos atenienses; dos Del gobierno o conducción del pueblo; uno De las leyes; dos De Retórica; dos De la milicia; dos Acerca de la Ilíada; cuatro Acerca de la Odisea; uno titulado Tolomeo; otro libro Amatorio; otro llamado Fedondas; otro Medón; otro Cleón; otro Sócrates; otro Aristómaco; otro Artajerjes; otro Homérico; otro Arístides; otro Exhortatorio; otro Por la República; otro Sobre el Decenio; otro De los Jones; otro Sobre Embajadas; otro De la fe; otro De la gracia; otro De la fortuna; otro De la magnificencia; otro De las nupcias; otro De la opinión; otro De la paz; otro De las leyes; otro De los estudios; otro De la oportunidad; otro titulado Dionisio; otro Calcídico; otro De la incursión de los Atenienses; otro De Antífanes; otro Proemio histórico; otro De cartas; otro Asamblea jurada; otro De la vejez; otro titulado Derechos; otro Acerca de Esopo, y otro De críos.

3. Su estilo es filosófico e interpolado de nervio y vigor retórico. Habiendo oído que los ateniense habían derribado sus estatuas, dijo: «Pero no han derribado la virtud por la cual me las habían puesto». Decía que «las cejas no son parte de poca entidad, pues pueden oscurecer toda la vida del hombre». No sólo llamaba «ciegas a las riquezas, sino también a la fortuna que las dirige. Que cuanto puede el hierro en la guerra, tanto vale la lengua en el gobierno de la república». Habiendo visto una vez a un joven lujurioso, dijo: "Ve aquí un Mercurio cuadrado con manto, vientre, genitales y barba". Decía que «a los hombres soberbios se les debía cortar algo de la altura y dejarlos el concepto que de sí tienen. Que los jóvenes deben reverenciar en su casa a los padres, en la calle a todos y en la soledad a sí mismos». Llamaba «amigos a los que en las prosperidades acuden siendo llamados, y en las calamidades sin serlo». Esto es lo que parece se le atribuye.

4. Veinte Demetrios hay memorables: el primero fue retórico cartaginés, más antiguo que Trasímaco; el segundo éste de que hablamos; el tercero un peripatético bizantino; el cuarto se llamó el Dibujante, por ser pintor, y fue bastante conocido y hábil; el quinto fue Aspendio, discípulo de Apolonio Solense; el sexto, Calaciano, que escribió veinte libros de Asia y Europa; el séptimo, bizantino, que escribió en trece libros el pasaje de los galos de Europa a Asia, y en otros ocho las cosas de Antíoco y Tolomeo, y el gobierno de Libia por éstos; el octavo fue sofista, habitante de Alejandría, y escribió De arte oratoria; el noveno fue gramático adramiteno, apellidado Ixión por haber hecho, según parece, alguna injuria a Juno; el décimo fue un gramático cireneo, por apodo Tinaja, varón digno de memoria; el undécimo fue natural de Escepsis, hombre rico y noble y gran filólogo. Éste promovió al ciudadano Metrodoro. El duodécimo fue gramático eritreo, hecho ciudadano de Temno; el décimotercero fue de Bitinia, hijo de Difilo Estoico y discípulo de Panecio Rodio; el décimocuarto fue retórico de Esmirna. Todos éstos fueron prosistas, los restantes poetas. El primero fue poeta de la comedia antigua; el segundo, poeta épico, de quien sólo queda lo que dijo contra los envidiosos, y es:

Menosprecian al hombre mientras vive,
y cuando ya no existe lo desean.
Por un vano sepulcro y simulacro
contienden las ciudades y los pueblos.

El tercero fue natural de Tarso, y escribió sátiras; el cuarto escribió yambos, y fue hombre mordaz; el quinto fue estatuario, de quien Polemón hace memoria; el sexto fue poeta misceláneo, y compuso cosas de historia y retórica.

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