YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Domingo XXIV del Tiempo ordinario




Luz de misericordia

Antes de leer el Evangelio del próximo domingo estaría bien que actualizaras las certezas que se mueven en tu interior, pues esto es fundamental para poder entenderlo. Comienza por ésta: Dios quiere que todos los hombres se salven, que se conviertan y alcancen la plenitud, ¡porque somos sus hijos! ¿Qué te parece? Pues san Lucas lo expresa de una manera mucho más intensa, en este conjunto de parábolas que has leído hoy y que se les ha venido en llamar de la Misericordia. Las parábolas de la misericordia forman parte de las páginas más bellas y esperanzadoras del Evangelio; siempre vivas y siempre nuevas, nos involucran en unas historias en las que nos descubrimos siendo los protagonistas, pensando que Jesús las ha dicho por nosotros. El evangelista resalta esta predicación de Jesús donde vemos cómo la misericordia es la forma más característica de la caridad cristiana y la que nos debe identificar a los discípulos de Jesús, si deseamos vivir como hijos del Padre celestial. El que ve la misericordia de Jesús ve la misericordia del Padre, y esa misericordia ha de reflejarse en nosotros, si queremos tener una vida y un corazón de hijos.
Os ruego que volváis a leer la primera de las parábolas y veréis cómo el Señor da por supuesto que cualquiera de nosotros iría en busca de la oveja perdida, a pesar de que, si somos sinceros, posiblemente ninguno de nosotros se complicaría la vida por una mísera oveja, además perdida por su culpa y para colmo teniendo otras noventa y nueve. Pero no, Dios no lo ve así.
Un comentario de san Ambrosio expresa tres sentidos de estas parábolas: el primer sentido resalta la figura de Jesús, Buen Pastor, que se carga sobre sus hombros a la oveja perdida y que sus hombros son los brazos de la Cruz que soportan el peso de la Redención, es el Redentor el que viene a salvar. Un segundo sentido se lo ofrece la parábola de la mujer que busca el dracma perdido: la mujer es la Iglesia que busca con todo cuidado y la moneda perdida es la fe; por eso la necesidad de buscarla, porque supone un grave daño para el alma que uno pierda la fe. El tercer sentido es el del Padre que recibe, reconcilia, te abraza, perdona y hace una fiesta por el hijo encontrado. Así es Dios. Es fácil aplicarse esta enseñanza.
Encomiendo a la Santísima Virgen María, en su fiesta del Dulcísimo Nombre, nuestras mejores intenciones de ponernos en pie y seguir sin descanso la voluntad de Dios, y que ella sea Madre de Misericordia y esperanza nuestra.
+ José Manuel Lorca Planes
obispo de Cartagena



Evangelio

En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores. Y los fariseos y letrados murmuraban: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo ésta parábola: «Si uno tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja las 99 en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, al encontrarla, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado a la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por 99 justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, al encontrarla, reúne a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. Juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó toda su fortuna viviendo perdidamente. (...) Recapacitando, se dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; yo no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. El padre dijo a sus criados: Sacad el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado...»
Lucas 15, 1-32

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