YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

martes, 8 de marzo de 2011

MONTAÑESES

Muchos se dedicaron a los ultramarinos, negocios que aún perduran en la ciudad con la esencia de antes y las mejoras de hoy


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Foto: http://memoriadecadiz.es

La considerada como mayor colonia, venida de otras tierras de fuera de nuestra región a Cádiz, fue sin lugar a dudas la de los gallegos y los montañeses (o los cántabros, como les gustaba llamarlos al recordado Venancio González).
La colonia montañesa fue llegando a la provincia hace más de cien años. Y fueron ellos los que, tirando de otros y siempre más jóvenes, para ir dándoles trabajo. En la ciudad a estos montañeses se les conocía bajo el sobrenombre de 'chicuos'. Su primer oficio reconocido fue en el negocio de ultramarinos, gremio éste muy fructífero que les reportó muchos beneficios siendo ellos los únicos que, durante muchos años, se dedicaron al oficio.
Aunque nunca dejó de ser ingrato debido a la cantidad de horas que tenían que dedicarle. Para ellos no existían los días festivos ni los descansos. De ahí que, durante muchas décadas, tuvieran que hacer vida en los propios establecimientos para evitar dejarlos desatendidos. Allí dormían, comían e iban ascendiendo en los 'eslabones' del gremio, desde los más inferiores al desempeñar las funciones de aprendiz, pasando por el de dependiente, encargado o incluso arrendatario para llegar a la cúspide, llegar a ser dueño y propietario del negocio.
Estos comercios, en su momento, contaban en su mayoría con los ultramarinos, bares y en otros casos con estancos. La mayor ilusión de los comerciantes de aquella época era llegar a ser arrendatarios del negocio que les ocupaba todas las horas del día y de la propia noche, pero poder adquirirlo en propiedad era la meta final. Y más tarde, y con el paso de los años, quedarse con la finca en la que se encuentra el negocio en propiedad. Muchos de ellos consiguieron alcanzar su sueño y hacerse con los negocios.
Curiosidades
En esta época se producían a diario. No había una jornada en la que no sucediera nada. Ya bien fuera porque, al no existir el envasado, las conservar tenían que transportarlas en grandes latas que después se venían a granel. Algo parecido sucedía con las legumbres, el café, el azúcar, el pimentón, etc. Y todo ello había que ir envolviéndolo, con sumo cuidado, en aquél papel de estraza, tan conocido por aquellos años. Hablar de las tiendas es hablar de casi 600 comercios abiertos en esa época y que aún perduran en el tiempo. Grandes obras de arte y sobre todo de ebanistería. Las estanterías, taquillas, cajoneras, mostradores eran realizadas a mano por los maestros carpinteros.
Por esa época era habitual el fiar el género. De ahí que los tenderos se caracterizaran por una memoria asombrosa.
Aunque los montañeses no sólo se dedicaron al comercio, también surgieron médicos y abogados. Muchos se casaron después con gaditanas y así se asentaron en la ciudad y fundieron las dos religiones en una.
Una de las familias más emblemáticas de la ciudad y que procedían de aquellas lejanas tierras fueron sin lugar a dudas los González de Peredo. Independiente de sus negocios como mayoristas fueron los que por aquellos años adquirieron los terrenos del centro Cántabro de la avenida de Portugal. En un principio fue lugar de celebraciones y fiestas típicas, en las que nunca olvidaban a su 'Terruca Cántabra', que jamás pudieron olvidar. Hoy permanece en pie, más moderno pero donde siguen festejando sus actos culturales.



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