YO soy mucho de la Montaña. Soy de la Montaña de toda la vida. De la mar de Castilla. De la que crió a media España con el Pelargón que Nestlé hacía en La Penilla. Soy de la Montaña del sobao pasiego.La que inventó la emigración antes que nadie y eso de los emprendedores antes que existiera tal palabra. Hablo de la Montaña de los montañeses de Sevilla y de los chicucos de Cádiz. La de los jándalos que se vinieron a trabajar a Andalucía con pantalón corto, se pasaron la vida detrás del mostrador de un almacén de ultramarinos o de una tienda de comestibles, durmieron debajo de ese mismo mostrador sin quitarse el babi de crudillo, ahorraron y cuando tuvieron un dinero se establecieron como comerciantes, con tiendas que pregonaban poemáticos nombres en recuerdo de su tierra: El Valle del Pas, La Flor de Toranzo, La Gloria de Villacarriedo. Esa es mi Montaña, qué Cantabria ni Cantabria.ANTONIO BURGOS.

martes, 25 de noviembre de 2014

José de Ciria y Escalante, poeta ultraísta





Francisco Arias Solis


JOSE DE CIRIA Y ESCALANTE (1903-1924)
 “Canciones insospechadas naufragan en mi pecho 
El otoño ha deshojado mi cartera 
Un lucero extraviado me canta junto a la almohada. 
José de Ciria y Escalante. 
LA VOZ MALOGRADA. 

“De Santander -escribía Pedro Garfias- nos llegó un día otro poeta, éste aún más joven que nosotros: José de Ciria y Escalante. Dotado de una exquisita sensibilidad, desde el primer momento se nos incorporó y aún insufló nuevos bríos al ultraísmo con la publicación de una revista. Murió casi un niño y sus amigos, más tarde, recogimos sus poesías en un volumen” .Y Alberti nos contaba: “El contacto de la calle, cuyos ecos literarios y artísticos me llegaban, gritadores, en Ultra, las volanderas hojas que los llamados jóvenes vanguardistas lanzaban en Madrid con gran escándalo y protesta no sólo de los “viejos” sino hasta de la gente más alejada del mundo de las letras. Salvo el de Ramón Gómez de la Serna, vi escrito por primera vez los nombres de Gerardo Diego, Luciano de San-Saor, Humberto y José Rivas Panedas, Ciria Escalante, Ildefonso Pereda Valdés, Jorge Luis Borges, al lado de extranjeros, para mí tan desconocidos, como Ivan Goll, Jules Romains, Apollinaire, Max Jacob y otros que ahora no recuerdo”. José de Ciria y Escalante nació en Santander en 1903. Estudió el bachillerato en su ciudad natal, pasando luego a Madrid, donde comienza la carrera de Letras, mientras hacía por libre la de Derecho en Oviedo. Desde su domicilio en el Palace funda la revista Reflector , que nace y muere en su primer número. El tifus lo mató en poco más de una semana, muriendo en plena juventud el 11 de junio de 1924. Su poesía fue recopilada por sus amigos en la colección Poemas (1924). Gerardo Diego, termina su elegía A José de Ciria y Escalante con estos versos: “Con cuidado y presura, / corto el paso avanzaba / como quien llega tarde y va de prisa / y el paso estrecho apura, / porque el día se acaba, / y hacia un fin sin sospecha urgente pisa. / Y la urgencia es precisa / porque la vida es corta / y llegar pronto y bien es lo que importa”. “La vida es corta…” No parece sino que la muerte, esa pálida segadora que se complace en derribar las espigas más jóvenes y vigorosas con su golpe seco y fatal, se cebara cruelmente con este joven poeta que durante unos años intentó, con pureza, crear un arte nuevo para España. Su gran amigo Federico García Lorca escribía: “Tengo una pesadilla con Pepe Ciria. Cada día me acuerdo más de él. ¡Qué lástima de amigo! ¡Y qué difícil de olvidarlo! Pero yo en secreto te digo que no ha muerto… no sé por qué…, pero no me cabe la menor duda de que no ha muerto.”. Y añadía: “Estos días los he pasado mal, porque yo quería dedicarle a nuestro Ciria un tierno y auténtico recuerdo, pero por más que luchaba no conseguía (y esto es raro en mí) que la fuente, ¡mi fuente!, manara por él. Ayer tarde estaba en una oscura y fresca alameda y le dije: “Pepe, ¿por qué no quieres que te evoque?” Y sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas. Entonces, y tras diez días de esfuerzo continuo, conseguí en un instante parir el soneto que te envío”. Un maravilloso soneto al que Federico puso fin con estos versos: “Y tú, arriba, en lo alto, verde y frío, / ¡olvídate! y olvida al mundo vano, / delicado Giocondo, amigo mío”. Francisco Arias Solis
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